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Anecdotario XXXIV
Conexiones Madrona - Valdeprados
Mientras elaboro el dosier de parajes de Madrona me reencuentro,
de momento sólo en el plano teórico, con un camino que consta
en las Ordenanzas del Distrito de 1906, página 44, del siguiente modo:
Parte del kilómetro 10 de la carretera á La Losa y se
dirige a Valdeprados; atraviesa los términos de Escobar y
Valsequilla, continuando á dicho pueblo. Tiene la misma
anchura que el anterior. (6 metros con 680 milímetros)
Medido
con el SIGPAC, por este camino se recorre una distancia entre Madrona y Valdeprados
de 13,3 km.
Este camino es poco transitado y apenas conocido, por el común de las gentes de Madrona.
Los vehículos han conseguido que, a pesar de recorrer mayor distancia que antes para trasladarnos a los sitios, se llegue antes.
Algo
que planteado hace apenas unas decenas de años parecería, no ya
sólo contradictorio, sino imposible.
Es el caso del Camino Madrona – Valdeprados.
Sí me consta que transitó este camino el matrimonio Agapito Sonlleva, de Madrona, y Romualda Cubo, del Valdeprados, hasta la llegada de los coches, claro.
Prisas moteras
En el periodo 1975-1980 lo transitamos un grupo de moteros de Madrona con nuestras enduro pero, con aquella edad y con aquellos vehículos, nos cegaba la velocidad.
En aquellos años el pique por ir delante afloraba apenas habíamos salido del pueblo.
Un motivo de peso era que, si te quedabas atrás, recibías de lleno toda la polvareda que levantaban los de delante; y también, a modo de propina, no pocos proyectiles de cantos y guijarros que despedían las ruedas de tacos traseras... no quedaba otra que tirar de puño.
No
sabíamos que los caminos no se llevan bien con las prisas, por mucho
rally que nos quieran vender.
Encomiendas molineras
Pero aflora otro recuerdo más, éste más pausado y en armonía con el entorno, recibido de mi padre.
Pertenece a aquel tiempo en el que Valdeprados contaba con un molino hidráulico cuyas ruedas movían las aguas del Río Moros.
Era
un molino particular pero a disposición de cualquiera que pagara la molienda.
Me
contó mi padre que, de joven (1938-1950), cuando aún trabajaba
en casa de mi abuelo Natalio y, por encargo de éste, fue en muchas ocasiones
con su burro y un saco de cereal hasta Valdeprados para molerlo en aquel molino
y también para saludar a sus parientes: cuatro familias De la Calle.
En
su día fueron estos relatos los que me impulsaron a conocer y recopilar
las genealogías tan tan extensas de los Ayuso, los De la Calle, los Bernardo
y otras, porque me perdía en aquel laberinto de apellidos, matrimonios,
lugares y parentescos.
Así pude relacionar y ubicar dentro de la saga familiar De la Calle a las cuatro familias con casa en Valdeprados, primos hermanos de mi padre.
Se
trata de los hermanos Paco, Angelines, Inés y Pablo, hijos de Áurea
de la Calle (hermana de mi abuela Inés) y Fructuoso Bravo Barrio.
En
aquella casa, este tipo de encargos, como el de ir a por basura a Las Navillas
a través del Real Bosque, se llevaban a cabo siempre en invierno, cuando
el campo les daba cierta tregua a los labradores y con el fin de no tener
a la gente parada. En este caso, la gente, era el propio hijo.
No
recuerdo ahora cuál era la prioridad de las visitas a Valdeprados, si
la molienda o la familia, aunque me inclino por los saludos familiares; el caso
es que mi padre me decía que empleaba con esa carga casi una jornada
en cada trayecto, que acometía sin más compañía
que la del burro.
No
sé si alguien más de Madrona fue a moler por este camino hasta
el río Moros.
Para
estos cometidos, mi padre hacía noche en Valdeprados, hospedado de mil
amores por cualquiera de estas cuatro familias.
Asimismo, en las fiestas locales en honor a Santa Eulalia, el 10 de diciembre, procedía de la misma forma, aunque sin saco de cereal y, en consecuencia, mucho más ligero.
Invitado por ellos, pasaba allí todos los días de la función. Expresaba estos recuerdos con mucha emoción, por dos motivos, el primero porque fue muy querido por esas familias, que lo acogieron siempre como a un hijo.
Y
el segundo porque se lo pasaba muy bien, como corresponde a esa edad.
Comisión
de Hombre Bueno en Valdeprados
Muchos años más tarde de aquellas moliendas, ya en edad adulta, estos mismos primos lo requirieron para que hiciera de Hombre Bueno sobre una cuestión sobre el reparto de su herencia.
Hasta
donde yo conozco creo que esta podría ser la última actuación
en plan Hombre Bueno de alguien de Madrona.
La
institución oficial desapareció hace mucho tiempo, pero el recurrir
a según quien para que ejerciera de Hombre Bueno ha sobrevivido
en tiempo a la institución.
La
situación era la siguiente. Los cuatro hermanos tenían ya acordado
todo el reparto de sus bienes y derechos, salvo una discrepancia respecto a
una propiedad de poca importancia.
Mi padre aceptó el requerimiento y se desplazó, esta vez ya por carretera con su Renault 4-L Súper.
Acudió a Valdeprados con esta comisión y preguntó cuál era el objeto de desacuerdo.
Le
contestaron que tal pajar y tal corral adjunto.
Me contó mi padre que, con esfuerzo, controló los comentarios que a bote pronto le surgieron, porque le sorprendió que estas cuatro familias, cuya situación económica era no ya buena, sino muy, muy buena, anduvieran en desencuentro por ese pajar… manda carallo.
Además,
de los cuatro matrimonios sólo había una heredera, hija de Pablo
y Lourdes, residente en Bilbao.
El día que me lo contó analizamos y debatimos el asunto, y concluimos, con un acuerdo total, que no era el valor monetario del pajar, sino el sentimental, como tantos objetos capaces de producir discordias entre hermanos cuando reparten herencias, lo que motivó aquella querencia común por aquel pajar.
Ejemplo
claro de que valor y precio no siempre van de la mano. Única justificación
de que ningún hermano, en principio, renunciara a él.
Para ponerle en antecedentes, le mostraron el testamento detallado con todas las partes del reparto, que estaban muy equilibradas.
Claro, la situación de mi padre, que tenía el mismo aprecio por cada uno de ellos (por eso lo llamaron, aunque también porque conocía el precio de los inmuebles rústicos) era comprometida.
Así
que leyó sosegadamente el reparto y ponderando algún detalle,
dictaminó que pajar y corral fueran para uno de ellos en su integridad.
No recuerdo el nombre del beneficiario, y tampoco importa, pero sí que todos lo aceptaron de buen grado, sin ningún reparo, como ha sido tradición con los veredictos de un Hombre Bueno.
Estas familias solucionaron así este episodio, siempre se llevaron bien y todo discurrió en concordia hasta su final.
También
respecto a mi padre.
La
reflexión es que cuántos gastos en abogados, despachos, juicios…
cuántos malos quereres y otras ponzoñas arraigadas en un mundo
rural estrecho se habrían evitado con la institución de los Hombres
Buenos.
La primera vez que mi padre fue a un Corte Inglés, que fue el de Sol, en Madrid, bajamos a la planta de ferretería y allí reparó en una plancha de carbón, o de ascuas, de hierro fundido, moderna, pero hecha según las pautas de las antiguas.
Al
verla, mi padre exclamó:
—¡Coño, una plancha de leña… cuántas familias habrá que no se hablen por una plancha como ésta…!

Imagen obtenida de Google Earth (suplementada)
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Fernando Ayuso Cañas. Junio 2023.