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Anecdotario III
Bombarderos sobre Madrona
Durante los duros enfrentamientos bélicos que tuvieron lugar en la Guerra Civil del 36, Madrona se constituyó, en contra de la voluntad silenciada de sus vecinos, en un punto neurálgico en la retaguardia de los frentes del Sistema Central.
Las trincheras y búnkers de Peñasgordas y de El Hocino lo testimonian.
Asimismo, numerosas edificaciones e instalaciones agrarias fueron requisadas parar ser ocupadas por compañías de soldados, con sus pertrechos, animales, maquinaria... y todo el utillaje afín a una guerra.
Todo
ello del bando sublevado. Madrona en esos años estaba poblado por militares
de toda graduación, debido a que eligieron este pueblo como uno de los
lugares de descanso para los combatientes que regresaban del frente.
En uno de los últimos meses de la desdichada contienda, durante uno de
los más ajetreados combates, de los muchos que tuvieron lugar en las
Sierras de Guadarrama y Navacerrada, los amigos Gerardo Sancho Bernardo y Lauro
Ayuso de la Calle, con diez y once años de edad, respectivamente, se
encontraban lejos del pueblo custodiando, en calidad de zagales, sendas piaras,
en alguno de los prados de la Dehesa Boyal, puede que en el Soto de la Grajera,
El Soto, como le nombramos aquí.
Ese
día, desde el lugar donde se encontraban, mirando hacia el horizonte
del Sistema Central, veían en la lejanía un ajetreo intenso de
aviones, con más alboroto de ruido y maniobras que en ocasiones anteriores
con los que, de alguna manera, estaban familiarizados. Era la guerra en estado
puro.
De repente aparecieron, casi sobre sus cabezas unos bombarderos volando tan
a ras, que los zagales interpretaron que iban directamente a por ellos
dos.
Sólo
el estruendo que emitía su vuelo tan bajo encogió el alma de las
dos criaturas y, si la tuvieran, el de las ovejas que cuidaban, las cuales se
dispersaron despavoridas.
Varios bombarderos del bando rebelde pasaban sucesivamente y se dirigían hacia el caserío de Madrona, donde asimismo los vecinos se refugiaron aterrorizados ante la visión de estos imponentes aparatos a punto de estrellarse contra las casas.
—¡¡Nos
han visto, nos han visto...!! —gritó Gerardo, convencido de
que los dos amigos eran un objetivo militar.
Muertos de miedo, Gerardo y Lauro se lanzaron boca abajo sobre la hierba y metieron las cabezas, y lo que les cupo de sus cuerpos, bajo un zarza, que ni por lo más remoto la hubieran elegido , pero fue lo primero que encontraron a mano para ocultarse. También, según ellos, para protegerse del ataque.
Contra
el tronco de este arbusto tan simpático apretaban las cabezas todo lo
que podían con el fin de, según su relato, que los pilotos
de los aviones no pudieran verlos y así estuvieron un tiempo interminable
hasta que cesó el estrépito, por lo que concluyeron que había
pasado el peligro.
En la más enrarecida de las calmas, Gerardo salió primero de tan
efímero refugio y levantó la vista hacia donde se habían
dirigido los aviones, hacia el pueblo.
De
su caserío salían columnas de humo negro. Un Apocalipsis. Gerardo
afinó la vista y de pronto exclamó:
—¡Ahí va…!, ¡a mi casa no la han dado, a la tuya
sí…!
Lauro ya contaba con una situación familiar complicada, por cuanto su
madre, Inés, se encontraba convaleciente e imposibilitada por una enfermedad
que nadie sabía curar, y su padre, Natalio, como muchos labradores de
Madrona, se encontraba con su carro y su yunta, requerido y obligado, prestando
tareas de abastecimiento a la infantería del frente de la sierra.
Pero,
una vez más, todo puede ir a peor.
Agruparon a las ovejas y volvieron al pueblo lo más deprisa que pudieron,
pero se hace difícil imaginar cómo harían el trayecto,
pendientes también de las ovejas, a sabiendas de que han bombardeado
el pueblo, con tu casa incluida…
Y cuando llegaron, se vieron envueltos por un paisaje humeante, con un olor al mismo infierno.
Por calles y plazas se prodigaban los llantos, los abrazos y las lágrimas.
Les contaron que los aviones habían arrojado decenas de bombas en el paraje que aquí llamamos Detrás de las Casas, en las tierras que dan al Camino Pozuelos; otras tantas cayeron a lo largo de la serventía que parte de El Barrero para dar servicio a las fincas que lindan también con las traseras de las casas de las calles San Antonio y Norte; les anticiparon que no habían causado ningún daño personal.
Sin embargo, algunos edificios de mi tía Magdalena y de otros vecinos con edificaciones inmediatas a este camino, fueron alcanzados por las bombas, cuya explosión los destruyó en parte.
Este fue el caso de la casa de Magdalena Ayuso, casada con Adelardo, El Tío Aye, lindante con la de su hermano Natalio, padre de Lauro, ambas originarias del abuelo Faustino Ayuso, con lo que se comprende y demuestra que Gerardo, a sus diez años, tenía una vista de águila cuando comunicó a mi padre su certero y particular parte de guerra.
Ese día escucharon el relato del episodio más sobrecogedor que se vivió en Madrona durante los años de la Guerra Civil.
Comentaron
que los bombarderos tenían la misión de desbaratar con sus bombas
el frente de las predichas sierras, pero el sistema de antiaéreos del
ejército constitucional los repelió tantas veces como intentos
hubo.
Llegó un momento en el que a estos aparatos les resultaba imposible regresar
a la base, creo que en Valladolid, con toda su carga intacta, por lo que se
vieron obligados a desprenderse de tan infausto lastre.
Y
para ello eligieron precisamente esa zona tan inmediata al caserío, con
un peligro tan evidente para la población que todos juzgaron esta elección,
aunque no lo pudieron manifestar hasta muchos años después, de
irresponsable, desdichada y temeraria.
En Madrona, durante esta ocupación también se produjeron otros
episodios, algunos de ellos de imposible narración.
Finalmente Inés murió en 1940, a los cuarenta años de edad
y, en lo que respecta a Gerardo y Lauro, mantuvieron la misma amistad durante
toda su existencia.
Una amistad de la que fui testigo y que siempre percibí como auténtica y, por tanto, firme, sosegada y poderosa.
* * *

Día de la boda de mi padre, Lauro Ayuso, en el 17 de noviembre de 1943, con 27 años.
De
izquierda a derecha, fila de arriba:
Filiberto García Cañas - Publio de la Calle de Castro - Lauro
Ayuso de la Calle, el novio - no identifico al que está entre mi padre
y Abraham - Abraham de la Calle de Castro - Juan Bermejo El Parro - Gerardo
Sancho Bernardo
(los de la derecha no los puedo identificar...)
Abajo: Alfonso Cañas de la Calle - Anselmo Ituero Garcillán - Francisco de la Calle de Castro
El chaval que se asoma, creo que es un Sonlleva Alberto o Frutines o tal vez Alberto o José Luis López García.
Echo en falta en esta foto a Ezequiel García de Miguelsanz y a Ernesto Bernardo Bravo, quintos y amigos de mi padre, que creo también fueron a la boda.
* * *
Fernando Ayuso Cañas. Diciembre 2018