| | El Soportal | ||
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| Anecdotario |
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- Ruedas y centellas
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Juan Callejo Valverde, conocido aquí como Juanito Relámpago o Relámpago, en función de las prisas de la conversación, fue una persona con la que todos de mi familia, por tener el bar tan próximo a su casa y por congeniar de una forma especial, tuvimos muchísima relación. Siempre venía a nuestro bar (tomaba cocacolas de litro...). A
él no le disgustaba que le nombraran así, por lo que
este era el nombre con el que nos entendíamos. La historia del automovilismo en este lugar se inicia hacia 1956 con los hermanos Sonlleva Antón, Serviliano y Dionisio, con unos primeros coches de la marca Citroën, con esa silueta en negro, primigenia, de coche clásico. A ellos se añadió el de Manolo el de la Teo, pero Manolo, no sabemos el porqué, se orilló demasiado a la cuneta y volcó sobre la cuesta que baja a la Calle de la Fuente, enfrente de la casa de Paulino y, como dio alguna vuelta de campana, no recuerdo si el vehículo volvió a su ser o tuvo que retirarlo. Al poco trajeron sendos vehículos los hermanos hortelanos Ángel y Mariano Sacristán Sanz y su cuñado Carlos González; se trataba del primer modelo de las furgonetas DKW. Les siguieron los Citroën de Vicente Esteban, panadero, y Vicente Ayuso, para su bar. Y
hay que contar también con Militino de Pedro Pérez,
que enseguida se incorporó a esta ola, pequeña ola,
e incluso llegó a diseñar y construir un prototipo de
biscúter que sólo se pudo ver en su taller. Relámpago
manejó desde el primer momento un Land Rover de gasoil que
lo utilizaba a su conveniencia, pero sobre todo para los trayectos
hacia y por el caserío de Paredones. Enseguida añadió
otro coche, un Renault 10 verde que, como recordamos, llevaba el motor
atrás y resultó, como su hermano el R-8, muy inseguro,
y por ello a ambos modelos les adjudicaron el nombre de el coche
de las viudas. Uno de los que se daba con cierta frecuencia era la necesidad de cualquier vecino de acudir a la ciudad por temas de salud, fallecimientos y otros compromisos ineludibles y apremiantes que podían surgir a cualquier hora del día. En estos casos, los afectados sabían dos cosas, a la que después se añadiría otra, la más decisoria: sabían que Juanito tenía vehículo y sabían que por su forma de ser podían confiar en que les haría el favor de acercarles a la ciudad. Relámpago, además de buena persona, tenía un don especial para la empatía con las gentes más desfavorecidas y, que yo sepa, nunca le negó un favor a nadie. Sin embargo, esta forma de ser en un pueblo y una época con tantas necesidades conlleva el riesgo que todos sabemos. El contagio y abuso. O como decimos aquí, la gente se arregosta…. ¿Cómo lo hizo Relámpago para evitar probables abusos? No hizo nada. El tráfico de favores se reguló solo debido al tercer factor que faltaba por conocer. La mayoría, o puede que ninguno, de los vecinos que le pidieron ese primer favor no repitieron; por decisión propia y sin ninguna interferencia exterior. Y es que Relámpago no se desplazaba con los vehículos, sino que los hacía volar. Tal vez fuera porque tenía pasión por la velocidad, o simplemente que no concebía la lentitud sobre ruedas, el caso es que esa forma de conducir por la que se le adjudicó ese sobrenombre, hizo que prácticamente nadie quisiera subir en ninguno de sus vehículos, porque el miedo que pasaban en el trayecto no les compensaba en ninguna forma. La certeza de que este hombre llevaba los vehículos a tope, a pesar del estado de las carreteras en aquel tiempo, fue algo que nadie rebatió . De la misma manera que lo de pasar miedo de veras a bordo de sus vehículos tampoco fue cuestionado por cualquiera que hubiera probado algún trayecto... aunque fuera corto. Se
perdonaba la rosquilla por el coscorrón, por lo que
esto suponía un filtro muy eficaz contra el arregoste. Él a mi padre le compraba leña de encina, cortada a medida, y éste a su vez le compraba cada invierno muchos de los gorrinos que se sacrificaban en mi casa con destino a la venta de su carne y derivados. En ninguno de los cientos de tratos que hicieron vi que surgieran discrepancias, quejas, o algo que perturbara en lo más mínimo la cordialidad, incluyo alegría, con la que realizaban estos acuerdos en un tiempo record. La confianza entre ambos era total. A mi padre le gustaba proponer el cálculo del peso de cada ejemplar por un alto, para ahorrarse el trámite de tener que pesarlos a romana y a Relámpago también le iba esa marcha, así que así lo convenían, pero al final no se ahorraban las molestias de cogerlos y sujetarlos para el pesaje y terminaban pesándolos a ver quién se había aproximado más. Los kilos supuestos y convenidos siempre quedaban inmediatos a los reales y prevalecían sobre éstos. Y con la leña lo mismo. |
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Foto del año 1967 ó 68 tomada en uno de los corrales de La Casona, que habitaba la familia Callejo. De izquierda a derecha: - - Emiliano Cañas Llorente -- Máxima Callejo Ruano - - Natalio Ayuso Bernardo - - Felisa Cañas Antón (batiendo en un puchero la sangre caliente de los animales, para que no se cuajara, porque se emplearía después para hacer morcillas)- - Olegario Martínez Zurdo -- Milagros Callejo Ruano -- Lauro Ayuso de la Calle - - Vicente Martínez Zurdo - - y Juan Callejo Valverde Relámpago. (los cerdos, todavía con la cuerda de pesarlos en romana; y en el tajón, licores que nunca faltaban para este momento. Un ritual de agradecimientos) |
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A pesar de esa forma de conducir, que aplicaba a cualquier vehículo en todo momento y lugar, nunca sufrió un solo accidente, incluso con el arriesgado R-10. Pero sí encontró su final en un episodio con otro vehículo, en este caso un tractor. Fue un 6 de octubre de 1971, día soleado y cálido, en el que se encontraba arando en el término de Bernuy en una ladera con un tractor sin cabina. El tractor volcó y le pilló debajo. Fue un accidente que conmocionó al pueblo debido a la gran estima en la que numerosos vecinos siempre le tuvimos.
Fernando Ayuso Cañas. Enero 2019 |
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