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Rutas Sentimentales IX
El Soto, nuestro alma vegetal
Igual que a un niño
le sobran todos los mares, todos los océanos y los transatlánticos
que los cruzan, porque tiene bastante y se siente colmado con su montoncito
de arena, su cubo y su pala en un metro cuadrado de playa, a nosotros cuando
estamos en nuestro soto, en cualquiera de los que tenemos, nos sobra el resto
del mundo.
Es lo mismo.
Allí acudimos porque en él habitan la conversación, el
silencio, el sosiego, el recuerdo, el río, las acederas, las endrinas,
las zarzamoras, la rosa peonía, el fresco, el sol y la sombra, el verde
y el azul, las aguas de sus ríos, los baños, los nidos, los peces,
los cangrejos; las miradas, los besos, las primeras declaraciones de amor, torpes
y temblorosas; las caricias, los encuentros de los cuerpos y las entregas de
las almas; los anhelos, los colores vivos de las ropas de domingo, las pandas...
según lo que cada cual hubiera ido a buscar, olvidar, recordar o suponer.
Encontrarse en el soto es sentirse en otra dimensión, en otro pequeño
planeta hecho a la medida de tu mente.
En él se puede
acceder a un estado curativo de alma, porque neutraliza excesos que nos ralentizan
la mente, como esa presión de los mitos sobre las sobras y las faltas.
Claro que no soy imparcial.
Cómo voy a ser objetivo, si estoy hablando de mis (nuestras) células.
Hay unas primeras fases de edad en las que nuestro organismo mantiene una actividad
tan frenética como silenciosa para crear células a razón
de miles por minuto.
Si alguna máquina hubiera registrado los lugares donde se han dado esos estallidos microscópicos y mudos, a muchos de nosotros nos saldría el soto en primer lugar.
El segundo puesto lo ocuparía, probablemente, ese mínimo espacio extraterritorial, que nosotros manteníamos en continuo movimiento: la bici.
Y el tercero la calle.
Aun cambiando el
orden daría igual.
En Madrona, y de pequeño, el primer destino que eliges para escaparte
con tus amigos de panda es el soto.
A propósito
de las escapadas, ni punto de comparación las primeras, que se hacían
a pie, a motor gallego, y se llegaba tarde a cualquier parte, con las segundas,
en bici, con su velocidad y ligereza en pos de alcanzar el don de la ubicuidad.
Cuando una bronca, y puede que alguna propina calorífica también,
de tus padres estaba asegurada por llegar a deshoras o por escaparte sin aviso
ni señal, aducíamos, instintivamente, que veníamos del
soto. Con lo cual siempre decíamos la verdad y operaba además
como una excusa talismán porque rebajaba notablemente la intensidad y
la extensión de la chamusquina.
Esta pradera de tierra negra, atravesada por varios ríos y salteada de
fresnos, olmos, bardagueras, zarzas, espinos y otra vegetación menor,
se te presenta, en esa edad tan temprana y tan breve, como una selva para explorar,
llena de posibilidades y sorpresas.
Hay que averiguar
dónde maduran las mejores endrinas, dónde se cogen las zarzamoras
más grandes; los bodones más amplios y profundos, con mejor agua
y con piso de arena; las acederas más frescas y más tardías;
los escondites más secretos; los tramos del río dónde medran
ranas con ancas grandes o los barbos de buen lomo; ese trozo de césped
dónde puedes descabezar un sueño sin que te molesten los mosquitos
o los reptiles; las riveras con los mejores mimbres; sitios dónde anidan
las aves que te interesan... y mientras aprendes y disfrutas de estos y otros
contenidos de esta pequeña enciclopedia soteña resulta que, sin
apenas darte cuenta, te has hecho todo un mozo y ya te ves los domingos caminando
detrás de "tu" equivalente panda multicolor de chicas repitiendo
las huevadas propias de esa edad,
... a ver qué pasa.
Los chicos caminábamos siempre detrás de la fila de chicas, a
una distancia pudorosa, para no juntarnos en el paseo, porque estaba muy mal
visto o porque las chicas no nos dejaban aduciendo que estaba muy mal visto.
Y, de forma secreta, ya te vas fijando en la que te parece la más guapa,
del mismo modo que en las películas que has visto, todas del oeste y
en blanco y negro, hay una chica alrededor de la cual parece girar el mundo,
y tu ansías esa referencia para tu pensamiento, que se está abriendo
paso, como tu cuerpo, en esa dimensión tormentosa de la adolescencia.
Pero en este asunto da la puñetera casualidad, lo vas sabiendo poco a poco, de que son dos o a lo sumo tres chicas, quienes concentran irracionalmente esa cualidad de preseleccionadas, no ya por ti, sino por todos y cada uno de los componentes de la panda.
Un contratiempo inquietante
porque eso va a suponer una lucha ineludible y, por tanto, te la vas a jugar
con todas las consecuencias.
Una vez que has tomado conciencia de esta situación de intensa competencia
sobrevenida, de una parte tan contraria a las expectativas que operan de forma
incesante en tu corazón y, de otra, con tan poca lógica para la
forma que te han enseñado de ver las cosas, tu mente desarrolla un intensísimo
trabajo especulativo sobre cómo encontrar situaciones propicias para
que tu mensaje llegue a la elegida con alguna ventaja en tiempo, forma y contenido
sobre el de los demás.
Pura competición. Puro darwinismo.
Por eso, cuando vamos a buscar zarzamoras en panda, somos los chicos quienes
nos adentramos entre las zarzas para arrancarles su jugoso fruto y ofrecérselo
a tu seleccionada, habitante espiritual empadronada en tu mente, y a la que
tu imaginación ha elevado a reina de tus sueños.
... Una diosa.
... El motor del sistema solar.
Y aquí ya puede ocurrir de todo, pero seguramente ocurrirá que
te enredas entre las zarzas, porque da también la casualidad de que las
zarzamoras más grandes y lustrosas, las mejores, se encuentran en lo
más alto, en lo más inaccesible de todo el entramado, con lo cual
notas que vas a salir con las piernas cruzadas de arañazos, la ropa,
la ropa de los domingos, deshilachada por los enganches continuos con las espinas
de los vástagos.
Las manos rasgadas por los alfileres de la maraña horadando carriles de sangre muy roja, como encendida, pero no te duele, ni te importa esta inmolación porque tienes el alma suspendida por la expectación, y en este momento no sientes dolor, como si tu cuerpo le perteneciera a otro; tu eres durante unos instantes un ser compuesto de partículas invisibles, sin peso e inmortal y estás buscando un destino muy particular: ensanchar los límites de tu alma, conquistar de forma inapelable un territorio intangible, una extensión complementaria destinada a refugio de goce y esperanza.
Eres el protagonista
de tu propia hazaña, impulsado por unas ascuas que te ciegan.
La primera parte la has superado con éxito. Has logrado los mejores ejemplares
de zarzamoras, negras, maduras, brillantes, como de foto de calendario... lo
mejor de todo el soto; algo que sólo darías a tu madre.
Y así acudes con el cuenco que forman las palmas de tus manos rebosantes del mejor fruto, con el envés de cada una de ellas sangrando, con minúsculas espinas todavía clavadas en una piel aun tierna y sin defensa, a ofrecérselo en exclusiva a la chica más guapa de tu mundo, asumiendo no ya el riesgo sino la pura constatación de que todos los integrantes del grupo están tomando nota minuciosamente de todo cuánto sucede, han oído que la has nombrado a ella entre todas, si bien se han vuelto todas las cabezas a un mismo tiempo, pero no te importa; aunque te pongas colorado, porque el desafío ya está decidido y asumido.
Elevas la voz para llamarla por su nombre, no por su mote, algo que aquí ya es especial de por sí, y cuando llegas a ella, el primero, mientras los demás todavía continúan enredados entre las zarzas, acudes hecho una piltrafa por los arañazos que han prendido en tu piel y en tu ropa…, y aun así casi en estado de levitación. Ella se acerca y forma también un cuenco con sus manos, en este caso limpias y blancas, inmaculadas, intactas, como las de una reina que es.
Sin embargo constatas
que, en un principio, ese roce de manos en el que tanto has pensado no se da.
Pensabas que ambos aprovecharíais el trance para estar con las manos
juntas un poco más de lo debido, como una primera señal de tus
intenciones, un roce suave cargado de energía atómica a punto
de estallar..., anticipabas que ese roce hiciera de válvula de expansión
de tu estado febril... que la fuerza de una voluntad tan intensa sería
suficiente para sustanciar ese anhelo…
... pero no ha ocurrido...,
... es más, si somos sinceros, ella incluso se ha cuidado de moverlas
hacia abajo para evitar ese contacto tan decisivo y aun a riesgo de perder alguna
zarzamora...
Pero este puñetazo que acabas de recibir en la boca del estómago
todavía no te hace desfallecer.
Aun queda algo de aire. Así que mientras realizas el trasvase de frutos, de forma muy lenta como para que no se caiga ningún ejemplar -te dan ganas de contarlas de una en una para que ese instante dure siempre-, la has observado muy de cerca, tragándotela con los ojos en busca de un mismo, o parecido, mensaje; algo que se corresponda aunque sea asimétricamente, con los mensajes eléctricos de tus gestos; esperabas alguna pequeña exclusiva, un mínimo material para mantener alguna expectativa, para seguir alimentado tus fantasías y los sueños reparadores de la realidad...
-- ¿y ella que ha hecho?
No ha tocado tus
manos, tampoco te ha mirado y, una vez que tenía todo el fruto en las
suyas sólo ha exclamado:
--- ¡Uy, qué tanda...!
... eso ha sido todo.
... ni siquiera te ha dado las gracias.
No hay cuentas, no
te debe nada…
Se ha separado de ti y se ha vuelto hacia el grupo de sus amigas e... ¡incluso
está compartiendo con ellas tus frutos!... esos diminutos manjares conquistados
en un infierno de zarzas, tan sólo está sirviendo para que se
rían mientras saborean lo buenas que están "esas" zarzamoras...
esas que sólo eran para ella... .
Al mismo tiempo,
tu te has quedado allí pasmado, aturdido, hecho un verdadero gilipollas,
con auténticos deseos de desaparecer de este mundo.
¡Uy, qué tanda!, ha dicho, y esa ha sido toda la cosecha de un
episodio minuciosamente preparado por tu parte.
Dos breves palabras
que acaban de descomponer el mundo y a nadie parece importarle la catástrofe.
El recuerdo de esas películas de Jerónimo en las que dos indios
juntaban las muñecas de sus brazos para intercambiar la sangre que brotaba
de sus heridas, sellando de esa manera los lazos contundentes y definitivos
de su amor y hermandad te había impulsado a pensar, mientras te arañaban
las púas de las zarzas, que incluso podría ocurrir una cosa semejante,
es decir, que ella se hiciera un poquito de sangre "a propio intento"
para mezclarla secretamente con la tuya o, en el peor de los casos, aunque con
los mismos efectos, que ella absorbiera con sus labios un poco de la sangre
de tus manos, para probarla y mezclarla con su propia sangre, amparada por la
excusa de curar o de paliar al menos esos desgarros, como ocurre cuando nos
cortamos con la navaja, pero con el mensaje superior de su amor por ti.
Tal y como tu lo harías por ella...,
tal y como tu lo tienes escrito por ella... pero tampoco….
Es más, ni
siquiera ha reparado en tus heridas, ni ella ni ninguna otra chica..., ni una
sola palabra al respecto... y todo ello en el soto, el santuario elegido para
tus emociones más viscerales...
Cautivo y desarmado huyes al río para lavarte lo mejor posible las piernas,
los brazos y las manos y allí, en soledad, se te han disparado unas lágrimas
imposibles de contener, vapor de una olla a presión, que no son sino
la punta del iceberg de tu propia hecatombe.
La bronca y tal vez algún torniscón que te esperan en tu casa
por arañarte y por rasgar la ropa de los domingos no serán nada
al lado de esa decepción tan honda y demoledora.
Acaban de arrojarte
al fondo abisal de la negrura más asfixiante y sólida.
¡Uy qué tanda!... será la frase que te nublará la
mente y perturbará tu interior como un dolor que se multiplica en cada
célula.
Necesitas un tiempo de recuperación, no de los sopapos de casa, sino
de esta dinamita que ha estallado en mitad del corazón.
Así que a partir de este momento y con las conclusiones bien apuntadas, vas a adoptar una serie de medidas para ponerte a salvo nada más y nada menos que de tus propios sentimientos.
Un empeño que, por otra parte, ya será perpetuo.
La supervivencia de las especies, puro darwinismo también.
De momento, en el tema de la recolección de frutos silvestres y sus ofrendas, vas a dar un vuelco radical: te dedicarás sólo a tus bellotas en otoño; a tus acederas en primavera; a tus endrinas en el estío, que son tus frutos preferidos.

Todas para ti.
Y las mejores zarzamoras también, sólo para uno mismo.
Aunque se indigesten.
Y la que quiera moras, ahí tiene las zarzas.
Allá ellas con sus picotazos y sus grititos.
Pero, como es cierto que el hombre, sobre todo el hombre, tropieza constantemente
en la misma piedra, estos o parecidos episodios no serán los únicos
de los que salimos con los pies fríos y la cabeza caliente.
Con lo mal que se
lleva el jugar a perdedor, y más con las chicas…
Por eso también aparece en la memoria, aprovechando esta oportunidad,
esos corazones dibujados en las cortezas de los álamos con las iniciales
de parejas, la sustanciación de un proyecto, de un anhelo, atravesados
por una flecha, labrados con las navajas de tal manera que fuera imposible soslayarlos
por parte de las destinatarias: allí dónde ellas se sentaban en
panda mientras trataban asuntos de sus golosinas, sus cromos y sus pipas...
Así, descaradamente, un corazón como una pancarta proclamando
a los cuatro vientos un amor por el que nadie, salvo su dibujante, se siente
concernido.
Mucho peor que un mensaje lanzado en una botella, del que siempre te quedará
la esperanza remota de que llegue a fructificar.
Aquí no. Aquí el mensaje no sólo ha llegado sino que también
ha sido revelado con el único efecto de su patética desolación.
Pero gracias al tiempo, ese ácido que todo lo borra, la vida te trae
otros planes y otras actividades, alguna de ellas tal vez con algún componente
de venganza, como fue aquella ocupación estival destinada a espiar a
las chicas que acudían a bañarse a los bodones del soto mientras
se ponían, o se quitaban, el bañador.
Ellas tomaban sus precauciones para no ser vistas en la operación de cambio de ropas: se ocultaban al menos de dos en dos entre macizos de arbustos o zarzas y una de ellas vigilaba mientras procuraba tapar a la otra, pero nosotros, que ya lo teníamos todo ensayado porque habíamos realizado bastantes supuestos prácticos, disponíamos de varios observatorios de visión contrastada y, por tanto, con resultados más que aceptables.
Otra actividad practicada en el soto fue la de espiar a las parejas de novios en sus escarceos, en sus apartes, componiendo un álbum de fotos virtual con destino a esa enciclopedia que antes nombrábamos.
Después había que confesarse, claro.
Todo tiene su precio.
Por eso algunos hemos vivido en pecado mortal prácticamente todo el tiempo.
La música,
esa aliada impagable
El recuerdo de cómo
cumplías años se va llenando de nombres propios y también
de sabores ya imborrables, como es el de las zanahorias recién arrancadas
a una tierra regada con agua cristalina, pura, o como es también el sabor
una pizca ácido de los tomates recién cortados de la mata que
generosamente nos proporcionaban nuestros compañeros hortelanos.
En los veranos de aquellos años de estudiantes, nos reuníamos
sin quedar bajo el frescor de los fresnos, a cumplir con el ritual de nuestra
holganza y hubo un tiempo compartido con algún contertulio afortunado
poseedor de uno de aquellos revolucionarios transistores Lavis, de un tamaño
acertadísimo, con funda de piel negra, suplementados por sus dueños
con una pila de petaca abrazada al cuerpo del transistor con unas gomas fuertes.
El propósito era proporcionar al aparato mayor potencia de sonido y de búsqueda de emisoras.
Allí, sobre la hierba fresca del soto, siempre acudía alguien a tiempo para escuchar, como si se tratara de un rito, la mejor música que entonces te podían ofrecer: la del programa "Mariscal Romero Show" en onda media, porque no existía otra cosa, salvo la onda corta que funcionaba sólo por las noches.
Allí asistíamos
a la ceremonia de escuchar las novedades de lo que se cocía en el exterior,
que era lo que nos interesaba, discos que después, traídos de
Madrid o del mercado de los jueves de Segovia, irían a los estantes de
nuestros guateques.
La tribu musical seguía minuciosamente cuánto se producía
fuera, esa explosión de creatividad de las décadas 60 y 70 que
acompañó los sentimientos de la juventud del mundo occidental
-y parte de los otros mundos- y ya ocupa una buena sección en la historia
de la música. Hablar de lo de dentro es poco menos que llorar.
Sólo Los Bravos,
con Black is black y Los Canarios, con Ponte de rodillas lograron
unos momentos de gloria, unas ventas, en el mundo anglosajón, que es
donde se cuece esta industria.
Aquí sólo teníamos cancioncillas, imitaciones insultantes
y versiones, que son nuestra especialidad.
Un desierto aunque
con algún que otro oasis.
Sin embargo hubo un día especial de esos que adquieren, por derecho propio,
un espacio cincelado entre las capas de la memoria.
Y aquí ya es inevitable que aparezcan nombres propios.
A la sombra de los fresnos, permanecíamos tumbados como muchos días de verano sobre la hierba, dando vía libre a la indolencia con la excusa del calor, cuando acudió Vicente Rodero, precursor en Madrona de muchas cosas dignas de narración aparte, en su bici, pero esta vez no con su Lavis en la mano, sino con un aparato que al instante concentró todas las miradas y preguntas y que resultó prodigioso: un casete portátil de cintas diminutas que sólo conocíamos de oídas.
En esa cinta podías
grabar la música que tu elegías, y reproducirla, como en el tocadiscos,
cuantas veces quisieras, sin rayones y allí donde eligieras porque lo
más llamativo era su pequeño tamaño, sus posibilidades
de transporte y escucha en los lugares más impensables, aunque sólo
fuera a través de su pequeño altavoz.
Era el verano del año 1969 y ya había en Madrona esos guateques
de los que tanto hemos hablado.
Nosotros hasta entonces manejábamos los tocadiscos monofónicos y también conocíamos los magnetófonos de cinta grande porque ya había alguno en el pueblo.
Pero este casete fue el primero en Madrona y tal vez en muchos lugares de la comarca, toda vez que en España no se vendían aun.
Se lo habían traído sus tíos de Alemania. A todos nos resultaba complicado entender cómo todo un LP de vinilo e incluso más, cupiera en esa cajita con una cinta tan diminuta, tan frágil.
Que ahí estuviera Leonard Cohen con su voz tranquila punteando su guitarra con las chicas de su coro bien está, pero que esa cintita pudiera albergar la bullanga de Carlos Santana, los alaridos de Jimy Page y todo el estrépito de su grupo (Led Zeppelin) en directo, con el concierto entero… o que pudiera grabar nuestras conversaciones sin cables, sin estorbos de micrófonos y reproducirlas al instante… eso ya era una revolución.
Ya lo dijo Nardín
(Choto) cuando lo descubrió: ¡¡…es que tiene cojones la
cosa…!!.
Así que el aparatito pasó a convertirse en objeto de intenso deseo
por parte de todos, dadas las posibilidades que contenía el invento.
Nuestra capacidad de asombro hacía que viviéramos en constante
expectación sobre cada nueva canción que descubríamos;
al tanto de cada episodio musical.
Pero si la maquinita nos fascinaba irresistiblemente, a Vicente se la entregaron
además con cintas llenas de grabaciones, entre ellas estaba nada más
y nada menos que Je t´aime...moi non plus, novedad de ese
mismo año cantada por Jane Birkin, de una hermosura estelar, (y que precisamente
aún sigue bellísima, después de tantos años) junto
con Serge Gainsbourg, autor material de la canción.
Y aquello sí fue un acontecimiento en nuestra tribu musical.
Resulta que esta canción, con cinco meses en el mercado, estaba prohibida y perseguida por el régimen de entonces.
Tan prohibida que ordenaron severamente retirar todas las copias y reproducciones que, debido a un fallo en el sistema de alerta de la censura, se habían editado en España.
Así que a los gemidos tan sugerentes de Jane sumábamos el valor añadido de lo prohibido.
Y así nos encontramos muchos momentos de aquel verano, congregados en círculo alrededor de aquel prodigioso aparatejo, oyendo repetidamente en total silencio a Jane, enamorados todos de ella y de los mundos que habitaba, mientras apretábamos el culo contra la hierba, con una envidia visceral respecto a ese tal Serge y cada cual con su codiciado universo de fantasías pecaminosas e imposibles; y preguntándonos cómo sonaría esa canción, o ese corte, como también se decía (entonces no eran temas o proyectos), en un buen equipo de música mientras bailas con tu diosa, casi tan bella como Jane.
Y con el paso del tiempo cada cual le va poniendo al soto otras caras, según las edades y momentos, otras visiones y otros episodios vividos.
Iniciaciones en los enredos del corazón y del cuerpo; estrenos de ropa y de piel; miradas en azul sólido de deseo; ojos empapados de pérdidas….
Y constatamos las ventajas de que él no pueda hablar ni mostrar más que su verde y su frescor.
Mejor que no cuente las historias de amor y desamor; mejor que no diga nada.
Que contengan sus fresnos los secretos y los enigmas, que la brisa airee los desalientos.
Que la escarcha esponje
su hierba renovada.
Mejor que no diga nada.
Cuando lo recorro caminando entre los fresnos, aun me parece oír el silbido
de la honda en plena acción de Pedro Perricascasen sus tiempos
de vaquero del pueblo.
La piedra envuelta por el cuero y transformándose en proyectil mientras recibe una fuerza inusitada.. acción que sólo la pericia de este hombre, conjugando el movimiento de su brazo con una vista de ave rapaz, habrá de llevarlo a un hito certero y eficaz.
Con admirable frecuencia
derribaba aves y mamíferos cuyo destino no era otro que las cazuelas
de su lumbre baja.
Me parece ver cuadrillas que en realidad no son tales sino familias completas
entregadas al afán de apañar las suertes de leña.
Completan sus tareas de aprovisionamiento de forma sincronizada sin necesidad de acuerdos previos.
Se hacen descansos
descaradamente innecesarios, sólo para pegar hebra con los de la suerte
de al lado, para compartir botas con vino de pellejo, fiambreras, anécdotas,
piedras de afilar, desafíos, porfías…
O pienso en el episodio aquel yuntero cuando, de madrugada, sale a acarrear
haces y que, desde la sopanda de su carro ve como los bueyes se detienen inexplicablemente
en un camino del soto, en medio de la oscuridad previa del amanecer.
Él no les ha dado ninguna orden y por eso no entiende cómo de repente se han parado ni a cuento de qué.
Por eso alancea con su garrocha los cuartos traseros de su pareja de bueyes. Estos sienten el dolor del hierro clavado en su carne pero aun así permanecen inmóviles, como petrificados.
El yuntero baja del carro y cuando llega a la cabecera descubre el motivo: un hombre permanece tendido, cruzando el camino de rodera a rodera.
Se percata de que sólo está dormido, así que lo despierta e inmediatamente le pone al tanto de que esa pareja de bueyes que le están mirando justo delante de él le acaba de salvar la vida.
Una vez que el desconocido se va, los bueyes, con su carro y su yuntero, prosiguen el camino.
Pequeños milagros
de un acontecer anónimo en un soto que parece tener alma.
Así cada cual va abasteciendo su propio cuaderno inmaterial con las historias
en el soto, bien sean vividas, bien transmitidas verbalmente en las tertulias,
como las que se forman durante las noches de verano en los umbrales de las casas.
Carreras con apuesta como las que organizaba Justo Matías, auténticos
órdagos a los jóvenes… en las que siempre estaba el soto como
referencia "hasta el cruce de las dos carreteras y volver…", con sus
controles y sus jueces.
Nosotros sabemos que vivir en un pueblo que tiene al lado un soto de fresnos
con ríos y bodones en los que bañarse no es comparable a nada,
porque el soto, aunque humilde y sosegado, quieto y en silencio, está
trabajando dentro de ti para tenerte atrapado ya para siempre. Y no necesita
emplear otros reclamos
Madrona tiene su término rodeado de bosques y sotos heterogéneos
y, por tanto, con una gran variedad de flora y fauna.
Hasta el último
cuarto del siglo XX, salvo el del Real Bosque de Riofrío, al que accedíamos
sin más restricción que la de su horario por la Puerta de Madrona,
ninguno de ellos estaba vallado o cercado por alambres de espinos.
El Soto, y sobre este concepto cada cual ya tiene fijados los hitos imaginarios,
puesto que hay varios sotos que se entrelazan, el de Herreros, el de la Grajera,
el de las Alamedas el de Paredones, Sotopalacio... va medrando sin atender a
lindes ni coteras, que sólo son particiones hilvanadas por los humanos
con el fin de entendernos, entre las vegas de nuestros ríos con una medida
del tiempo que no equivale tampoco a la nuestra y soportando lo mejor que puede
las alteraciones biológicas de su entorno, que es una forma culta de
decir las canalladas que se le originan.
Se puede decir que hay aquí una tradición de reverencia civil hacia el soto, una sabiduría silenciosa sobre este lugar que consiste en mantenerlo, respetarlo y disfrutarlo.
Tal vez se deba a una concepción utilitarista sobre este territorio: sus beneficios tradicionales en lo relativo a pastos, ganado y rebaños, su aprovechamiento fluvial y de la madera, su titularidad comunitaria.
Pero, simultánea
a esta percepción y con igual fuerza convive la conciencia de que se
trata del recurso más valioso para nuestro ocio, para nuestros trasvases
de energía.
En el soto no tienes que hacer nada especial.
Sólo dejar
que su frescor te envuelva, sólo estar al tanto de cómo los distintos
tonos de verde orientan tus átomos en la dirección correcta, sólo
contemplar la vida que estalla a cada instante en las cabezas de los fresnos.
Dale tiempo.
El soto te cura.
Hay quien sostiene que las cosas no son verdaderamente importantes hasta que
no pasan a la memoria.
Con el soto esto
no funciona, no se cumple.
Ya desde un principio el soto ocupa una nueva extensión en nuestro entendimiento
y deja de ser cualquier prado con árboles para convertirse en nuestra
conciencia de clorofila, nuestro alma vegetal.
* * *
Fernando Ayuso Cañas. (otoño 2003)