|  El Soportal          

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Rutas Sentimentales VIII

 

El Soportal

 


Desde un punto de vista social, el soportal es una de las soluciones más inteligentes de la arquitectura.

Inteligente en su sentido estricto, es decir, como una creación que repercute directamente en beneficio de una multiplicidad de usuarios sin ningún tipo de distinción.

Esta circunstancia ha tenido como consecuencia la de que a través de la historia hayan recurrido a esta construcción, aunque con desigual frecuencia, todas y cada una de las culturas, desde las más antiguas y lejanas, hasta las más modernas y en especial por sus religiones (recordemos esa parte del Erecteión en la Acrópolis de Atenas, que muestra las hermosas Cariátides, esculturas de mujer que soportan la parte superior del edificio).

La cristiana en nuestro país los convirtió en arte para sus templos y los elevó a una belleza todavía no superada en basílicas, catedrales y otros edificios.

Estos pórticos a manera de claustros que tienen algunos edificios o manzanas de casas en sus fachadas y delante de las puertas y tiendas que hay en ellas: “los soportales de la plaza...” como les define el diccionario, trascienden a las construcciones populares porque los particulares conocen bien el beneficio de sus virtudes, y aprovechan la ocasión para dotar a sus edificios de un elemento de sólida ornamentación.

La arquitectura civil adapta con total acierto esta solución arquitectónica y la incorpora a sus edificios, calles y plazas más importantes.

Castilla, Castilla la Ancha, es tal vez la zona que atesora mayor variedad y profusión de este elemento arquitectónico, por lo cual constituye un patrimonio y una riqueza sin parangón.

Los descubridores y emigrantes de esta región lo supieron trasladar al nuevo continente a la hora de fundar nuevas ciudades y esta es una de las herencias más sabias de nuestra cultura.

Si nos fijamos en los de la ciudad de La Habana, construidos en la época colonial, enseguida veremos la magnitud del empeño y de la belleza que alcanzaron.

Algunos parecen competir con los atrios catedralicios y todos son un espectáculo en si mismos. Sobrecogedores.

Lástima que no atraviesen, como nada allí, un tiempo no ya bueno sino normal... (qué pena, verles ahora desconchados, humillados, a la deriva, como los edificios que sustentan...).

Todas las ciudades de Castilla, incluidas las que no son capitales de provincia, (Medina del Campo, Arévalo, Burgo de Osma, Tordesillas, La Alberca...), los disfrutan y los declaran valores protegidos.

Los soportales son una ocasión especial para que diseñadores, constructores, propietarios y Ayuntamientos incorporen a la comunidad, para su transmisión y disfrute, un mensaje de belleza y de arte.

En los pueblos más modestos (como Calatañazor, por ejemplo) unos pies derechos de madera sustentan las humildes casas que, realzadas por ese hueco, parecen asomarse a la vida que transcurre en la calle. Al ser edificios de sólo dos plantas, la superior se nos presenta como suspendida y liviana, tomando la más alta cualidad de los aleros.

En las ciudades más pudientes los soportes están labrados en piedra bien de granito, bien de caliza.

En otros (Turégano) se muestran no con pilares sino con arcadas de medio punto sustentadas por columnas de piedra con sus basas y capiteles. Los soportales son a los pueblos lo mismo que sus torres: el visitante puede conocer la categoría que un lugar ha llegado a alcanzar fijándose en las torres de sus templos.

Con los soportales ocurre lo mismo y también con sus plazas públicas (volvemos a recordar otra vez a Medina del Campo).

Aunque no son los únicos indicadores, sí nos dan una medida muy aproximada de lo que fueron y, sobre todo, del concepto de lugar público que querían trasladar a la realidad cotidiana.

Para la construcción de soportales en una población se requiere primero que los vecinos que gobiernan su Ayuntamiento tengan asumido y consensuado un modelo de ciudad y de su caserío y una idea bien clara del beneficio y belleza que, conjuntamente, aportan a plazas y calles, así como de los valores que desde el mismo momento de su edificación, y siempre en aumento, se crearán definitivamente en ese lugar.

La segunda parte es el acuerdo con los terceros implicados. Pero si faltara este consenso es legítimo recurrir a la imposición, sobre propietarios y constructores, de una normativa de la que previamente el Ayuntamiento se debe proveer.

En cualquier caso siempre se necesita de convencimiento y voluntad firmes para llevar a cabo este proyecto.

 

 

Ruta de los soportales

 

En Segovia son representativos los de la misma ciudad tanto los nuevos como los antiguos de la Plaza Mayor.

Pero además, en su provincia se encuentran pueblos, villas y ciudades, como Riaza, Ayllón, Pedraza, Sepúlveda, Turégano, Santa María de Nieva, entre otros, con modelos de hermosos soportales.

También quiero mencionar a la Villa Real de Navalcarnero, dado que antes de pertenecer a la provincia de Madrid fue segoviana, porque cuenta con una serie de soportales muy bien restaurados que embellecen su plaza mayor, llamada Plaza de Segovia, que se ha convertido ya en un emblema.

Una visita a este pueblo, que además cuenta con otros atractivos, como es el del cuidado y acierto que han tenido con la restauración de antiguas viviendas en su núcleo histórico, siempre es gratificante y si se hace al caer la tarde en los meses de verano, más aun, porque la plaza recobra una actividad bulliciosa donde una de las mejores formas de participar en ella es desde las terrazas de los bares.

Hablando de viajes y salidas las ofertas para disfrutar de plazas porticadas y soportales se multiplican.

Se puede mencionar a los sorianos de Burgo de Osma y, en la misma ruta, los del pueblo segoviano de Ayllón, población que compensa sobradamente el desplazamiento que hay que realizar, teniendo en cuenta que también está próximo el pueblo de Riaza, merecedor también de otro paseo por sus calles y soportales.

Volviendo a Ayllón, si te sitúas en su plaza mayor, por ejemplo, y orientas tu vista hacia el Este, tendrás la oportunidad de comprobar con cuánta belleza y armonía se conjugan los soportales en tres órdenes desiguales –religioso, administrativo y civil- y procedentes de al menos cinco épocas distintas.

Por una parte, su vieja iglesia cuenta, en el lateral derecho de su nave (la parte que da a la plaza) con un soportal inferior y, encima de éste, otro más, que en este caso sería no ya soportal sino tribuna, construidos mediante una sabia combinación de madera y piedra.

Son tan amplios que pueden ser empleados para múltiples actos y presentaciones.

Separada por una calle está la Casa Consistorial.

Un edificio también con doble soportal, esta vez construido todo de obra, más moderno, pero sin romper la armonía conseguida con el anterior y también con los que le siguen.

Éstos últimos son los correspondientes a las viviendas cuyas fachadas principales dan a la plaza mayor, cerrándola por entero.

Estas viviendas, de sólo tres alturas, tienen a la madera como elemento principal. La segunda planta se sustenta sobre una solera también de madera a la que le siguen muros de ladrillo en paños contenidos por puntales y traviesas.

Es de lo más seductor, en su sencillez, que tenemos en la provincia. La nota discordante la ponen los coches aparcados frente a los soportales, que echan a perder la grata visión del todo el conjunto.

Sin embargo, en Riaza el edificio de Ayuntamiento irrumpe descaradamente sobre la plaza, rompiendo ostensiblemente la armonía del conjunto.

Sin ser un edificio feo, sí está sobredimensionado, y su fachada principal se impone sobre el resto con descaro, atendiendo únicamente a su propia entidad, como declarando que se basta y sobra consigo mismo.

Por el contrario, sus soportales están en su mayoría construidos con pilares de piedra caliza, con basa y capitel; de gran belleza en su conjunto.

Dado el valioso patrimonio arquitectónico de Segovia, esta ciudad en colaboración con los Ayuntamientos de su provincia, debería confeccionar y promover una ruta de los soportales, del mismo modo que funcionan, y con éxito, la de los castillos y la del arte románico.

Declararlos, para empezar, bienes protegidos y ofrecer a los interesados alguna opción organizada y bien documentada sobre este tema, tan interesante asimismo para una tesis doctoral, por ejemplo.

Ahí queda la propuesta.

 

Añoranza de un soportal

 

 

 

Esta ruta, referida a Madrona es pura quimera, puesto que a estas alturas sólo pueden existir los soportales en ese campo brumoso formado por un deseo antiguo, convertido ya en añoranza, de un cambio imposible.

En consecuencia, esta es una ruta sentimental atípica por cuanto en Madrona no tenemos, por desgracia, este tipo de construcciones que sí tienen otros pueblos.

Sí tenemos un atrio románico de gran valor, orientado a sudoeste.

A veces, cuando llegábamos tarde a misa, nos quedábamos en el atrio –para no molestar- y dentro de éste escuchábamos la misa con el lujo incluso de poder fumar un pitillo... y para nosotros la misa valía igual, porque en el atrio se mantenía un silencio similar al del interior.

No estabas fuera de la iglesia.

También en las antiguas escuelas disponían de unos espacios a los que llamábamos soportales, si bien eran meros zaguanes destinados únicamente a dar refugio a los escolares en días de agua, de nieve, o en batallas de canteas y de boleas de nieve, según las estaciones.

El zaguán es un soportal de uso restringido, y por tanto más pequeño y con menor aportación al conjunto.

La primera vez que mis padres me llevaron a Segovia siempre la recordaré por la dicha que me proporcionaron dos cosas de las que en ese momento, aunque sólo contara con cuatro años, fui perfectamente consciente. Tanto, que no las he vuelto a olvidar.

De pronto, porque no recuerdo cómo ni en qué llegamos al centro de la ciudad, me encontré a cubierto de los soportales de Fernández Ladreda, con la vista y el alma colgados del escaparate de una juguetería. Mi madre me dejó observar todo el tiempo que quise esa diminuta pero mágica exposición multicolor dentro de una pequeña ventana.

Una ventana en la que con sólo asomarte te transportaba a una dimensión de expectación, de goce y donde, además, uno se podía aprovisionar de abundante material para sus próximos sueños.

Después supe que era la tienda El Circuito, donde ocho años más tarde me comprarían, como a todos los chicos en aquellos tiempos, mi bici nueva “de media carrera” Super Cil azul brillante, que aun conservo en perfecto estado.

Desde entonces se me quedó grabada una distinción entre ciudades o pueblos que aún mantengo: son buenas ciudades o buenas poblaciones sin cumplen al menos estos dos requisitos: que tengan soportales y que tengan jugueterías.

Al regresar a Madrona en el coche-correo y contemplar en lo que consistía mi pueblo comprendí con decepción cuán distanciado estaba este lugar de las cosas que verdaderamente me importaban en aquellos años.

Por eso esta es una ruta sentimental en sentido puro, puesto que no existen soportales en Madrona por los que transitar, en los que quedar, en los que hacerse el encontradizo.

Supongo que las calles enlosadas con piedras de granito azul y el Acueducto me impresionarían mucho, pero esos son recuerdos que no puedo desmenuzar porque desconozco dónde habitan.

Pero esos soportales de Segovia sí dejaron una huella que todavía disfruto cuando soy viajero.

De los conventos sus claustros, de las iglesias sus atrios, de las villas y ciudades sus plazas porticadas y sus soportales me van hablando con la elocuencia del arte hecho piedra y madera, de la magnanimidad e inteligencia de las gentes que proyectaron y consiguieron estas construcciones destinadas al beneficio y disfrute de una comunidad.

Como todos sabemos, se dan múltiples experiencias en un soportal: contemplar cómo cae la lluvia en la plaza o en la calle y tomarlo como pretexto para pegar hebra con desconocidos mientras escampa.

Conversaciones mantenidas con una tranquilidad especial, porque un soportal, al contrario que una acera, no es sólo para transitar, para tener prisa, sino para detenerse, para ver y ser visto, para sentarse en una terraza... da mucho de sí un soportal

Pero lo que más me atrae del soportal es esa ambivalencia que notas cuando te encuentras en él, porque, en sentido estricto, no estás fuera del edificio que lo alberga pero tampoco acabas nunca de estar dentro, y eso opera como un juego mental, inconsciente muchas veces, produciendo unas sensaciones de dualidad de mucho agrado para el espíritu.

Es como si participaras de esa cualidad reservada sólo a los dioses y que es su don de la ubicuidad.

Los soportales están llenos de sugerencias porque han acogido los pasos de sus moradores –algunos tienen sus pavimentos desgastados-, han contemplado la llegada y la desaparición de los vecinos y todo el trajín de la vida ocurrida entre estos dos extremos.

Y es que cuando estás bajo el artesonado de un soportal nunca acabas de estar solo del todo; a poco que te fijes te parecerá que percibes algún resto de las conversaciones mantenidas allí a paso quedo, de los tratos rubricados con un apretón de manos, de miradas entramadas a través de sus columnas y pilares, de desesperanzas a la búsqueda de un consuelo y de anhelos en pos de una utopía.

 

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Fernando Ayuso Cañas. (julio 2003)

 

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