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Rutas Sentimentales VII
Cerros de la Paja y el Trigo
La cualidad de inexplicables de estas colinas originó una leyenda destinada a atenuar la rareza de su existencia.
La conocida leyenda, tan antigua como popular, se resume en el castigo caído sobre un rico avariento, incapaz de dar una simple limosna a un pordiosero que a la postre resultó ser el mismo Dios camuflado en ese disfraz.
Debido a este fatal despiste del rico, su cúmulo de cosechas, sus dos enormes montones, uno de grano y otro de paja, quedaron convertidos irreversiblemente en simple barro y roca.
Así termina el relato que ejemplifica lo que puede acaecerles a los ricos avarientos inmunes a la compasión y a la caridad.
Esta es la primera parte de la leyenda. La segunda no ha tenido tanta fortuna en su difusión.
Por eso desde aquí quiero darle un repaso, aunque sea de forma muy resumida.
Se cuenta que a partir aquel momento, los ricos de la comarca - todos avarientos porque lo uno conlleva inseparablemente lo otro, ya que forma parte indisoluble de una misma condición - tomaron nota de la lección y tras sus respectivas congregaciones, convinieron de forma tácita en que nunca más se exhibirían al aire libre, a la vista de cualquiera, aquellas riquezas que por su naturaleza pudieran llamar la atención del necesitado o del envidioso.
Se preocuparon de que quedaran bien claras las diferencias y distancias entre quiénes son ricos auténticos y entre quienes sólo son pobres con dinero.
A estos últimos, determinaron, le conoceréis por sus abundantes defectos, entre los cuales destaca precisamente aquél que menos se pueden reprimir: esa tendencia irrefrenable a la ostentación y a la vanagloria, amparados en una ignorancia sólo comparable con su fatuidad.
Y desde entonces por estas tierras, gracias a estas historias, ya se distingue con cierta facilidad entre unos y otros.
Salgo de paseo -ir a andar, decimos aquí- con mi pade, tomamos una ruta hacia el noroeste y enseguida estamos en el camino de Torredondo.
¿Por qué este camino?.
No lo sabemos; no hemos acordado de antemano nada al respecto.
Es como si el camino nos hubiera elegido a nosotros sin encontrar por nuestra parte ningún tipo de resistencia.
Sucede a menudo y nos da igual. Comprobamos que tenemos en el horizonte los Cerros de la Paja y del Trigo y con eso sabemos que estamos donde tiene que ser.
Mi padre está bastante mal de la vista pero este sol profundo e intratable, derramando su infinidad de luz por el campo, le ayuda a ver detalles que me hacen sospechar de su enfermedad.
¿Ve o no... ?.
Sé a ciencia cierta que se vale con dificultad dentro de las casas, en las ciudades, en los interiores..., pero este campo tan abierto y luminoso parece activarle algún resorte desconocido para los médicos: él me señala lindes, cerros, cotos, árboles, matices de color y detalles que yo mismo, con buena vista, tardo en descubrir... y sin tocar la tierra me informa de su grado de dureza, de humedad, de si está más suelta o más apretada... .
Me hace pensar que este cúmulo de datos los obtiene a través de otros sentidos, o también que pueda deberse a una peculiar comunicación con la tierra, independizada ya de lo tangible, no sé si misteriosa o no pero, en cualquier caso, inabarcable para mi.
En las conversaciones, mi padre tiene el don de dosificar las palabras para no aturdir, para no imponer.
Si tu no le preguntas siempre dará bastante menos información de la que tiene, pero si le preguntas satisface tu curiosidad de una forma exacta: ni una palabra de más y ni una de menos.
Me recuerda, como también me ocurre con muchos conocidos de Madrona, a esos castellanos que describe Delibes: recios, austeros, troquelados por una geografía concebida sólo para titanes.
Así que, al paso, vamos hablando de varios temas aunque él no deja de observar los dos lados del camino como si en cada momento estuvieran produciéndose acontecimientos únicos en las tierras de labor que jalonan esta senda.
El camino, por su parte, se deja andar y parece salir sólo al reencuentro de nuestros pasos.
Sobrepasado el cerro de la Cuesta Blanca enseguida se percata de una silueta recortada en este horizonte de campos abiertos y cielos altos, con algo sobre el hombro, una herramienta ha de ser, en el centro mismo de un paraje conocido como Los Abonales.
Me da cuenta de ello y le anticipo el acertijo de quien puede ser, para que vea que yo también controlo.
- No es ninguno de ellos. Es Frutos.
- Ninguno de los que has dicho tiene tierras aquí. Y el único que lleva el azadón de esa manera es Frutos.
Efectivamente, es su primo Frutos de la Calle, vecino de su mismo barrio desde niños que, siguiendo su costumbre, ha salido a quitar ballicos de alguna tierra, sin descartar esta actividad como mera excusa para estar en el campo . Al poco de acabar los saludos entablan una conversación.
Enseguida me doy cuenta de que no es una conversación; es La Conversación.
La única que han tenido toda la vida: la que trata sobre las tierras, los ciclos de las cosechas y las labores, como si se tratara un tronco de árbol del que parten múltiples ramas con infinitas hojas.
Y no sólo ramas sino también los seres que a ellas acuden: pájaros, insectos, polen...
El campo, la labor, la historia del pueblo, todos los vecinos; todos sus episodios familiares con las yuntas, con las máquinas; las estaciones, todas las anécdotas, los errores y los aciertos, los nacimientos y las muertes, los árboles genealógicos, las compras y las ventas, las fanegas de cereales y sus múltiples cálculos... todo va pasando por ese diálogo sencillo y continuo que brota siempre sobre las tierras, como si bebieran de un manantial que no acaba de calmar su sed.
Las tierras y el término del pueblo son el mantel de la mesa donde posan los demás objetos que se servirán en esta copiosa y variada comida que es su conversación, y son sus porfías.
Han sabido construir un universo a su medida y por él transitan como aventajados pilotos; en él se desenvuelven por medio de códigos, como los trilleros de Cantalejo, sólo asequibles a los del gremio de su generación.
A cualquier oyente excluido de ese universo parécele que hablan de las tierras como si se tratara de mujeres y de sus cualidades: sin son ásperas o suaves, generosas o egoístas, ardientes o sosas; si son hondas o someras, sus proporciones de arena y arcilla, sus preferencias sobre simientes; la forma en que germinan las semillas por ellos derramadas, si se prestan a una buena labor o más bien son de las de poner pegas o requisitos, la forma de ofrecer las cosechas, sus valles y curvas...
Porfían sobre las cosechas como recompensas a su buen entender sobre esta materia y su buen hacer, su esfuerzo constante; y a mi se me antojan, mientras les oigo atentamente, que se conducen como unos jeques describiendo sus incomparables harenes, que en este caso no son sino un puñado de tierras de labor en donde les han salido los dientes y en las que desde entonces habitan su almas.
Hay un momento en el que intervengo yo, poniéndome de su parte, como para darles más mérito a sus conquistas... y digo muy convencido que este clima de Segovia es tan extremo que resulta cruel, intratable, desesperante... pero constato simultáneamente que se me quedan mirando de forma un tanto extraña y su silencio sólido me de un aviso de precaución, por que es como si me hubiera atrevido a cambiar el tema de la conversación y les noto unas ganas reprimidas de decirme pero hombre que en eso ya no nos andamos.... y al poco tiempo percibo que mi intervención ha resultado lo mismo que si acabara de describir el hielo a un grupo de esquimales...
Antes de llegar al caserío de Torredondo con su carterona repleta de correspondencia, varias mujeres salían al camino, ávidas de noticias sobre sus hijos y parientes, a recibir al cartero pero también para advertirle de que no se acercara, porque los mastines estaban sueltos y no podían hacer carrera de ellos; ladraban como si fueran a comerse el mundo y desafiaban a cualquier desconocido para hacerlo trizas con esos grandes colmillos babeando su rabia.
- ¡Tira las cartas y vuélvete, corre...!, -le gritaban desde lejos las mujeres desde el cerro que visualmente se antepone y oculta al caserío, porque sabían con total certeza que, si continuaba acercándose, el burro se espantaría y lo primero que hace un burro cuando se espanta es desprenderse de forma violenta de su, en este caso, menguado jinete, el cual acabará estampándose de mala manera contra el suelo, como ya había ocurrido otras veces... Así que mi padre arrojaba las cartas y los periódicos a las tierras -siempre las tierras- y emprendía el camino de regreso, prácticamente huyendo, hasta la mañana siguiente, en la que se repetiría la misma historia.
Había en Madrona, en ese tiempo, sólo dos aparatos de radio.
Uno pertenecía al médico D. Luis Higuera y el otro al secretario D. Eleuterio Ayuso, conocido también por su mote "El Tío Cabezota", de ahí que tanto en el pueblo como en sus anejos y caseríos, se recibieran muchos ejemplares del periódico y mucha correspondencia como instrumentos habituales de comunicación.
A los su generación les tocó ser testigos de grandes acontecimientos y cambios en el devenir de unas formas de vida tan extremas que les convirtieron en supervivientes.
Yo continúo solo el camino al encuentro de mis propios recuerdos y me alegro, de forma totalmente egoísta, claro, de pertenecer a otra generación, de no haber vivido aquellos tiempos, de no ser ningún forzado superviviente. Y mucho menos de aquel disparate de la guerra civil, la postguerra, el hambre, la ignorancia... la anulación absoluta de la dignidad de las personas humildes.
Los de mi generación hemos recorrido este camino muchas veces pero, al contrario que para nuestros padres, casi todas ellas festivas.
Salvo para algunos, no muchos, que todavía llegaron a tiempo de segar algunos panes... de acarrear hacinas o de espigar algunas rastrojeras, según los casos.
Torredondo es el primer pueblo al que se iba de fiesta cuando uno dejaba ya los pantalones cortos.
Después serían los demás pueblos que circundan el nuestro, pero aquí acudíamos sin mediar permiso de nadie, prácticamente escapados, lo que añadía riesgo a la aventura.
Allí, frente al Teleclub/Bar tropezando con los cantos que asomaban en el piso, ensayamos nuestros primeros pasodobles, que para nosotros eran como de exportación, intentando acompasar, con escaso acierto, nuestros movimientos con la música.
Fueron las fiestas más humildes de toda España, las más entrañables y en las que más nos hemos divertido.
Todo se daba en una medida abarcable, como hecha a escala humana y seguramente para las pandas de los más mayores esta fiesta se les quedara un poco escasa de gente y oportunidades.
Puede ser.
Pero allí cada uno sabía de forma casi exacta a lo que iba y lo que se encontraría. Y aun así, allí acudíamos imantados y en tropel.
Para celebrar esa noche de san Bartolomé, podías viajar, si andabas listo, subido en el remolque de un tractor.
Alguno de los más mayores, es decir alguien ya con más "edad, dignidad y gobierno", tenía en su casa autoridad suficiente como para sacar el tractor para estos fines, tan alejados por otra parte de las ideas y cometidos que motivaron su diseño.
A propósito: ¿Alguien ha visto alguna vez un tractor tirando de un remolque colmado de chicos con destino a una fiesta patronal... ?.
¿Cómo describir aquella algarabía, las caras a la luz de la luna de agosto, las carcajadas resonando en la noche de los campos, las gargantas resecas por la nube polvo fino y blanco del camino...?
Nuestro destino sólo era Torredondo pero en esas circunstancias no nos hubiera importado llegar al fin del mundo.
El regreso era casi de amanecida y las condiciones en las que volvíamos son para ti, inteligente lector, de fácil suposición.
A los pies de los montones de trigo y de paja, bajo una claridad lunar, hemos vivido algunos episodios reales. Uno de ellos fue el de aquella huida de un melonar bajo disparos de una escopeta repetidora.
Había costumbre de saborear alguna de las deliciosas sandías que dan las tierras de Torredondo con fama acreditada de ser de lo mejorcito de la comarca.
Pero esa noche se nos atragantaron a cuatro de nosotros. Además, en aquella ocasión no esperamos al tractor para que nos llevara a casa: volvimos a mil por hora levantando una polvareda más propia de una película del oeste que de cuatro chicos que huyen despavoridos bajo los estampidos de una escopeta cercana...
Otro episodio de los reales ocurrió con un "número" de la guardia civil de entonces. Volvíamos a casa a paso quedo, prácticamente rendidos por el cansancio, cuando oímos que alguien se acerca corriendo por el camino hacia nosotros.
Allí mismo nos echó el alto con no sé cuántas amenazas apuntándonos con "su arma reglamentaria", mientras los nervios y el sofoco no le dejaban controlar la situación.
Yo me acerqué -no sé de donde saqué la valentía para hacer eso, tal vez se debiera a que era de los más mayores, o tal vez sobrios del grupo...- mientras me apuntaba con la pistola y le recomendé que la guardara en su sitio, no fuera a disparársele sin querer.... llegué, con toda la cautela y la calma del mundo, a presionar con el índice el metal que vibraba en su mano, y me hizo caso.
Después hablamos largo y tendido, mientras el grupo permanecía en silencio a un lado, algunos ya sentados en los cerros que forman las roderas del camino.
Entre los ajigolones causados por la carrera que se había echado para alcanzarnos, le entendimos que habíamos molestado a unas chicas y que también asaltado melonares:
- ¿Todo este grupo que somos...?
- No, todos no, pero los que han sido están aquí.
- Ojalá, -le contesté- si ni siquiera nos dejan acercarnos... para molestarlas un poco.... En cuanto a los melonares, ya le digo yo que no.
Después vino una serie de argumentaciones para demostrarle que la imposibilidad de ambas cosas... un argumenario que debió parecerle convincente, a tenor de cómo siguió la conversación.
- Yo también he sido joven... -dijo, y ahí encontró una oportunidad al parecer muy deseada para desahogarse con una conversación más útil para él que para su derrotado auditorio.
Cuando acabó su balsámica confesión nos fuimos cada uno a nuestro destino con el apunte de una nueva amistad... que tal vez nos fuera de provecho para futuras ocasiones, nunca se sabe.
Y luego están los no vividos, o mejor, los vividos sólo con la mente; los soñados, los añorados en las brumas de la intimidad... acudíamos a esas fiestas, como cualquier adolescente cuando va de fiesta, cada cual con su catálogo de fantasías y anhelos muy perfilados durante la semana de vísperas, con las esperanzas sobre algo que no sabíamos muy bien cómo se podría concretar, porque no sabíamos cómo se podrían concretar en la realidad estos universos mentales, si era por suerte, por conocimiento, tal vez por habilidad..., no sabíamos pero queríamos, ignorando la utopía de semejante empeño, dirigir el azar a nuestro favor, aunque fuera sólo un poco.... .
Al final, de concreto, de palpable, no había absolutamente nada.
Todo lo más, la diminuta cosecha de alguna mirada un poco más especial; miradas que nos parecía haber percibido pero que, en cualquier caso, pasarían al mundo de los secretos mejor guardados, con el único fin de atesorar algo que nos sirviera de sustento a nuestras utopías, a los sueños que alivian nuestras hueras jornadas de pura monotonía.
Aun así, algunos de nosotros continuamos acudiendo a la cita muchos años después, como por una suerte de compromiso tácito de prolongar los contenidos de una edad que ya no nos pertenece, en ese escenario tan elemental y tan especial, en un campo tan abierto que los sueños se vuelven, como el tiempo, imposibles de amarrar.
Después hemos recorrido estos caminos en bici, hemos revisitado, ya si incidencias, los melonares, los prados, los bodones del río Milanillos... siempre como si se tratara de episodios habituales, casi familiares.
Ahora recreo en mi vista, aquellas experiencias tan jugosas como ,fueron las de escalar con la moto, aquella Montesa enduro roja, las laderas empinadas de los montones.
Se convirtió en un ritual el alcanzar la cima de los Cerros del Trigo y de Paja, parar el motor y conceder un tiempo largo al silencio para degustar, sentado y con la sola compañía de los insectos y reptiles, un cigarrillo de esos que no quieres que se acabe nunca, mientras te abandonas a las evocaciones y añoranzas más íntimas, preguntándose uno mismo dónde fueron a parar aquellas emociones o también, haciendo caso al sabio, pasar de muchas preguntas porque tal vez no se necesiten tantas respuestas; contemplando desde esa privilegiada atalaya los horizontes más limpios e infinitos, las puestas de sol, los juegos de colores... lo que ningún pintor puede plasmar.
A veces, al bajar me encontraba a Aureliano, vecino de Torredondo, con la palma de la mano prolongando su boina, haciendo visera sobre su frente para seguir todas las cabriolas que, voluntarias o sobrevenidas, hacía por las laderas. Al pasar a su lado, despacio para hacerle un gesto de saludo con mi mano, todavía le oía decir:
- Este jodío chico de Lauro, se va a matar...
Y no me paraba porque sabía que regañaría, aunque con cariño, echándome en cara lo que le hacía sufrir porque parecía que en cualquier momento rodaría ladera abajo... .
Ahora me gustaría subir, aunque fuera a pie, como en algún san Bartolomé lejano subiéramos a ver amanecer, pero eso me llevaría ahora mucho tiempo y prefiero aplazarlo para otra ocasión que ya buscaré.
Al poco tiempo de volver sobre mis pasos diviso los dos perfiles recortados sobre el verde primaveral de los cereales.
Gesticulan y levantan los brazos señalando cerros o valles.
Cuando llego compruebo que no han notado mi falta, o si la han notado no han hecho ni caso.
¿De qué hablan ahora?
Ahora están desgranando un filón inagotable de conversación: lo que para el pueblo ha supuesto la concentración parcelaria, acabada de estrenar.
Conocen sobradamente a los propietarios de las pequeñas parcelas anteriores a la concentración y conocen también todos los polígonos, propietarios y parcelas resultantes.
Es como si se hubieran preparado para una cátedra que ahora ejercen con soltura y precisión, sobre una materia a la que no se puede renunciar.
Y aquí los temas se han multiplicado: todos se han beneficiado de una manera u otra, pero ellos desgranan los matices de cada cual.
Intento seguirles en un maremagnum en el que se suceden cifras y datos que cambian según el momento del que se hable, si antes de la concentración o después, sobre medidas de capacidad, como son las fanegas y medias fanegas empleadas para medir el contenido de los sacos; de superficie como son las obradas antes de la concentración parcelaria, y hectáreas, áreas y centiáreas después, y también kilos porque de arrobas ya hablaron sus padres y ellos, aunque saben manejar esta unidad, prefieren los kilos con los que imaginariamente llenan carros y remolques, trojes y paneras.
Y mientras ellos se adentran en mares de espigas y cosechas, yo vuelvo mi cabeza por ver si siguen ahí los montones, iconos ya de nuestra conciencia.
El mirar los horizontes de nuestro alrededor es algo instintivo entre las gentes de aquí.
Miramos porque tenemos nuestras referencias espaciales metidas en la médula.
Resultaría apocalíptico el que en una de estas comprobaciones automáticas, instintivas, no viéramos a cada momento nuestra torre, las manchas verdes de nuestros sotos, nuestras lastras, el Cerro de las Viñas, nuestros montones de Paja y de Trigo, nuestra Cuesta Arnal o la perspectiva del Real Bosque con el Palacio de Riofrío devolviéndonos su mirada en rosa.
Necesitamos a cada momento constatar nuestra propia alma.
¡Qué sería de nosotros si le faltaran estos iconos a nuestro pueblo!...
En una de estas miradas atrás, aparece un remolino de aire, un tornado de juguete que se enreda y juega con la arena del camino, haciendo un cucurucho centrípeto de chinas y polvo blanco que se aleja hacia Torredondo.
Una bruja, le llamábamos de pequeños.
Y el pensamiento me lleva a elucubrar sobre los duendes y brujas como ésta que juegan con nuestros recuerdos, vivencias y ansiedades depositados entre las piedras y las arenas de este camino.
Juegan y juegan y cuando no se ponen de acuerdo su discusión se plasma en un cucurucho móvil de historias vivas que nunca se llevará el viento porque quedaron destinadas, quién sabe por quién, a girar en su vórtice alrededor de sí mismas por los siglos de los siglos.
Fernando
Ayuso Cañas. Madrona,
últimos días del S.XX