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Rutas Sentimentales VI

 

El Rastrillo.

Abierto de Sol a Sol

 

 

Evoco la palabra, el concepto o el nombre propio de Rastrillo y mi pensamiento se llena de todo el paraje que va desde las Eras del Mercado hasta el puente de la Farnesio en la misma valla del Real Bosque.

Y no sé ya si ocurre como licencia narrativa o como un relé que salta deseoso de ampliar límites y expandir la extensión que abarca en los mapas porque este nombre inunda todo el espacio de esta vega, que puede ser de miniatura en su geografía pero ciclópea según la edad en la que la descubres.

El Rastrillo es un paraje singular emplazado entre dos lastras de piedra caliza, una rocosa y abrupta orientada a poniente, la otra más suave y ondulada orientada hacia el Este.

Si se alza un poco la mirada hacia la montaña se adivinan estas lastras transformándose en dos brazos que nacen de la sierra, atraviesan el bosque y finalmente vienen a abrir sus manos a la existencia del pueblo.

Un brazo, asentado sobre roca desnuda, es severo, nervudo y seco mientras que el otro se extiende sobre tierras de labor, representando la abundancia y la oportunidad de las cosechas.

Por el valle que se forma entre ambos se tiende toda la vega del río Frío.

En sus riberas medran ahora de forma anárquica fresnos, zarzas y álamos, creando pequeñas zonas de sombra selvática.

Esta vega está jalonada con un camino a cada lado del cauce: dos caminos distintos que acompañan al río con idénticos destinos.

El de arriba, más uniforme y de mayor altitud te lleva hasta la misma verja de la Puerta de Madrona y su nombre propio es "Camino del Real Bosque de Riofrío".

El otro, más desigual y alegre, juega con el río, atraviesa prados y eras y conduce hasta la presa o, si cruzas el río, hasta las verjas del gran puente de granito y también posee nombre único: "Camino al Prado de río Frío".

Todo en este escenario queda presidido por la majestuosidad imperturbable de la sierra de Guadarrama y la silueta de la Mujer Muerta en lo más alto del fondo, tras un segundo plano del Real Bosque, rebosante de un verde continuo lanzado por sus sabinas y encinares.

Puede que para un ajeno este territorio se limite a un paisaje atractivo y poco más.

Sin embargo, para una gran parte de quienes lo hemos recorrido cientos y cientos de veces y de tantas maneras -a pie, en burro, a caballo, en bici, en carro, en tractor, en moto…. con nieve, con lluvia, con tormentas, con solanera…- es un lugar familiar, entrañable, pródigo en experiencias y recuerdos.

Según cada etapa o edad de la vida, así son las evocaciones y aquí, para situarnos, partimos de los años sesenta, años en blanco y negro en los que todo estaba prohibido, salvo lo que por ley se consentía, que era más bien nada.

Está esa edad en la que todavía no te dejan en casa (no me dejan en casa era una expresión muy empleada entonces) llevar pantalón largo pero, como ya comes pan con corteza, tus familiares permiten que te alejes un poco de tu casa con tus amigos de repión –peonza-, aunque la mayoría de sitios aun permanecen prohibidos; con esta edad, digo, el sobrepasar ese límite ya es un desafío lleno de alicientes.

Deja uno la puerta de su casa y sale a conocer las calles y los alrededores del pueblo por primera vez, a conducir tus propios pies allí donde tu quieres ponerlos, de la mano de nadie… vas asimilando los juegos de volúmenes y formas nunca vistas y es entonces cuando una expectación nerviosa se apodera de tu alma, porque estás empezando a descubrir el mundo y no das abasto.

En las rondas posteriores que se repiten por las calles y alrededores ya cambia el propósito: ahora puede que se trate de un simple merodear, o puede consistir en la aspiración a ser un poco dueños de estos territorios y también de los secretos que guardan… o también puede que ese día toque recorrerlos con el fin de localizar sitios propicios para levantar casetas y escondites, conocer qué huertos tienen árboles frutales, calibrar la altura y dificultad de sus paredes, averiguar quién es el dueño y cómo las gasta….

En esta segunda fase de pantalones cortos tratábamos sobre todo de sacar partido de estas salidas y de aprovechar los recursos que te podía ofrecer cada paraje, cambiando mucho la situación según cómo y de quién te acompañes para rondar cada sitio: (cuidado con Tolís y sus propuestas de juegos en la tinada del Sotopalacio… cuidado con Rafa "Garrafa" y sus pitillos que tumban… cuidado con Nardín "Choto" y sus tratos con la bici… en fin, mucho cuidado siempre con las pandas de los más mayores… pero estas son historias dignas de repaso aparte…)

Luego tenemos la figura del caminar sin norte ni propósito, lo contrario de ir a tiro fijo, un simple vagabundear, a lo que salga, a ver qué pasa.

Puede que debido a estas aficiones, a unos más y a otros menos, pero a bastantes se les ha prendido en la costra de su personalidad un gusto especial por lo errático, por la desorientación andarina consentida, propia de los que exhiben, para contrariedad de los que no pueden hacer lo mismo, una riqueza de tiempo muy envidiada por los convecinos más atareados, porque a ellos van dirigidas esas saetas cruzadas en las calles "... gente parada, malos pensamientos, … y no miro a nadie ....".

En los pueblos a esta holganza nómada y desinhibida, se le llama "ir a perros" por aquello de no desperdiciar la ocasión de tirar cantos a perros, fueran quienes fueren sus dueños, porque había como una especie de consentimiento tácito respecto a esta costumbre, con sus excepciones, por supuesto.

Así experimentábamos, entre otros placeres, el de ver cumplida en cada caso la teoría física que varios años después nos explicarían en el Instituto: la de hacer diana "tirando dos perros más adelante", regla de oro de esta actividad.

Ahora puede parecer una salvajada, pero entonces estaba completamente justificado: los perros –y también los gatos-, que patrullaban a sus anchas por todas las partes del pueblo, si estaban "acanteados", por lo general tenían más miedo y se lo pensaban mejor antes de atacar o de hacer alguna tropelía de las muchas que se les ocurrían.

Tenían ley a las personas, se mantenían a raya.

Además, todo hay que decirlo, se sentía una especial satisfacción cuando, con sólo hacer el simple gesto de agacharse como a coger un canto del suelo, constatar que se cumplía la reacción esperada: el perro huía despavorido, emitiendo un aullido de pánico ya antes de sentir en su lomo el supuesto cantazo….

Eso es Ley.

Ahora haces ese mismo ademán delante de un perro y piensa que va a recibir una golosina.

De estas primeras escapadas que hacíamos de pequeños, la del Rastrillo era de las que mejor se nos daba: no había peligros de carreteras, ni de perderse, en casa ponían pocas pegas y, además, para nosotros resultaba una de las más provechosas.

La costumbre, a veces ya obsesión, de explorar el río y sus riberas desde las Eras del Mercado hasta el mismo puente, nos proporcionó múltiples novedades y entretenimientos, sobre todo el de descubrir las distintas fisonomías con las que aparecían caudal y cauce en cada temporada.

En primavera acudíamos a contemplar las aguas abundantes y revoltosas del deshielo, las espumas de sus rizos, a ponderar sus corrientes y complacernos en descubrir remansos, bodones…, a arrojar palos náufragos con señales para ver cuáles se mantenían a flote y se hacían con un destino en aguas más amplias, a asombrarnos de cómo se tragaba la tierra las primeras aguas, haciéndolas desaparecer, como el Guadiana, por alguno de los huecos que, a modo de enormes y oscuras gargantas horadadas entre lajas de piedra caliza, las engullían precipitadamente como intentando calmar una sed que a nosotros nos parecía antigua e insaciable.

Lo mismo ocurría con las últimas del estío: desaparecían un poco más abajo de la presa y caían entre los huecos de las amarillentas rocas calizas, desprendiendo ecos insondables de su unión con el fluir de los ríos subterráneos, corrientes que atraviesan galerías ocultas, inexploradas, próximas e inalcanzables al mismo tiempo, en sus resonancias indescifrables.

Nos gustaba subir hasta la presa para asomarnos al bodón que había formado el caer de la corriente; contemplar su pequeño salto de agua pura y brillante que mansamente rebosaba el dique, jugando con los rayos de sol, emitiendo destellos y sonidos que se volvían cantarines.

Todo como en una postal, una imagen de calendario con una extensión de goce del que todavía no éramos conscientes porque a esa edad se piensa que siempre y todo va a ser así, que todo esta dispuesto para que lo recibamos a borbotones, limpio e inagotable.

Todo aparecía entonces a pequeña escala, todo comprensible y abarcable siempre….

Salvo cuando el río se ponía bruto por las crecidas.

Entonces rugía enfurecido, formaba remolinos, desataba una fuerza inverosímil, se desbordaba e invadía prados y riberas, se volvía temible y peligroso, sin dar ocasión para bromas.

Raro era el año que no tenía algún día de estos, casi siempre en época de deshielo. Pero lo habitual, por muy de realeza que sean los territorios que baña y atraviesa, era su carácter reposado de río elemental, sencillo y humilde, río que da de beber a gamos, ciervos, conejos y otros pacíficos pobladores que habitan en extrema placidez ese cuasi paraíso vegetal que es el Real Bosque.

Este río siempre fue uno de nuestros mejores juguetes.

En los recreos de la escuela, construida en las proximidades, casi inmediata a su cauce, salíamos a las eras que se miran con el río y aprovechábamos también el tiempo de los recreos, esas sueltas bulliciosas de gritos y carreras, para dedicarlo a jugar en la ribera: hacer fuentes, puentes de arcilla sobre ellos (ahí estaban los de David López, imitados por todos), pescar renacuajos o simplemente vadearlo para experimentar las sensaciones de su roce con los pies descalzos, notar el beso de la corriente cálida de un río de nuestra edad….

Jugábamos, según los momentos, a cruzarlo por las pasarelas con el desafío de no mojarte, o también a ser valientes y atravesarlo por lo más hondo subidos en nuestros altos zancos, esas piernas descarnadas de gigante, obtenidas de las mejores ramas de los fresnos del soto, para conseguir el prodigio de pisar en seco sobre los charcos de las calles y caminos embarrados.

Pero se trataba de unos lances que, de salirte mal, al estropicio de mojarte y enfangarte, había que añadir la penitencia de la paliza que tenías asegurada en casa… para que escarmientes, nos decían.

En primavera se nos presentaban más oportunidades de las que podíamos abastecer: jugábamos a los hinques en sus eras, itinerarios de descubrimientos de nidos… pero, más que nada y sin darnos cuenta, también a sentir ese raudal de vida en silenciosa agitación que es cualquier trozo de campo en esta época.

En verano mientras hubiera agua se practicaba la pesca.

Pero hace más bulto la palabra que el contenido.

Porque ésta era muy escasa si bien, para no volver de vacío, nunca nos han faltado ranas y renacuajos, aunque sólo fuera por entretener, y, hasta bien entrado el estío, también nos hemos bañado en la presa o en algún bodón.

Igualmente, los nidos descubiertos y aprendidos en primavera había que atenderlos… al inicio del verano.

Recorrer su cauce rendido entre piedras y lastras suponía también un cierto poder recobrado sobre el mismo río que algún mes antes no nos dejaba ni arrimarnos pero que ahora, desnudo y sin defensas, se rinde humillado bajo nuestros pies. Sin embargo, nuestra intención nunca fue ofender al río.

Buscábamos charcos residuales donde la fauna se apiñaba antes de morir: aun podíamos pescar, con una facilidad asombrosa, peces y ranas que habían quedado atrapados en esas últimas charcas sentenciados a una muerte inapelable.

En el otoño subíamos a recolectar moras, endrinas y unas bellotas muy gordas que, suspendidas en las ramas de las centenarias encinas, sobrepasaban la valla del monte.

Pero el otoño aquí es muy severo y traicionero con sus vientos y sus fríos y aun estando a resguardo preferíamos otros lugares de los muchos que teníamos para jugar.

En invierno, como es natural, obteníamos menor provecho; tan solo localizar algunas balsas con suficiente grosor de capa de hielo como para aguantar las pasadas de un rudimentario patinaje a base de bota de segarra o bien entablar desafíos y apuestas por atravesar sobre su caudal helado por zonas en las que se podía quebrar la capa, con el riesgo de empaparte de agua helada hasta el corvejón, en el mejor de los casos…. y el consiguiente premio familiar que te esperaba en casa, de tramitación instantánea, una gratificación con la que seguro empezabas a entrar en calor.

Los chavales de hasta diez años…mediados los años sesenta, éramos los dueños y señores de estos parajes solitarios e inmaculados, que parecían no tener otro diseño y finalidad que la de hacernos la diversión algo fácil, asequible, simple y cotidiano.

Pero un poco antes, una vez sobrepasada la edad de ocho años empezábamos a oír de nuestros mayores cosas extrañas.

Se nos decía "tu ya tienes uso de razón, hombre…", y con la aplicación de ese "uso de razón" ya te podías dar por perdido.

A partir de ese momento, todo se complicaba y empeoraba de una forma ya irreversible.

En realidad, lo que significaba haber alcanzado ese uso de razón no era otra cosa que un ingreso forzado en el mundo de las personas útiles, una condena a las aportaciones personales permanentes, sin derecho a rechistar ni a compensación.

Decididamente todo iba a peor: por una parte, en casa te consideraban con suficiente entendimiento como para llevar a cabo tareas de mayores, pero la realidad era que en los círculos de juegos, en la plaza y en las salidas seguías siendo un insignificante zascandil, sin derecho a plaza propia en el frontón ni en ninguno de los juegos que se practicaban con las pandas de chicos mayores, los cuales seguían aprovechándose a su antojo de nuestra inferioridad, como lo hacía cada panda sobre cualquier otra peor situada en edad, dignidad y gobierno….

El caso es que a partir de ese momento, en nuestras casas ya se nos requería para hacer tareas auxiliares y recados que al principio eran más bien de poca monta: llevar las vacas u otros animales al prado, al pilón…, ir por ellos y traerlos al establo, ponerles de comer… para luego aplicársenos unas responsabilidades que jamás habíamos pedido.

Y así es como empezábamos a participar del mundo de los mayores, recorriendo los caminos y los campos por mandato, con lo cual pasábamos, en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco, de exploradores aventureros a simples recaderos por cuenta ajena.

Nadie sabía explicarnos cómo había podido ocurrir semejante desgracia que tanto perjudicaba nuestro existir.

De esta forma tan prodigiosa, en una misma tarde podías pasar de jugar con el carretillo en la era a trabajar con él transportando sacos por encomienda de los mayores.

Ya estás hecho un hombre…se apresuraban a decirnos nuestros familiares al vernos pero, conociendo en qué consistía esa hechura, se nos ponía cara de bobo porque, una se nos iba y otra se nos venía, no sabíamos si reír o llorar.

 

Portadores de cestos

 

Una de las tareas con la que nos iniciamos en estos menesteres fue la de ayudar a nuestras madres y hermanas a llevar los cestos de mimbre colmados de ropa, precisamente hacia el Rastrillo.

En el estío se veían obligadas a acudir a este paraje porque el agua no llegaba hasta los lavaderos del pueblo, como los de las Eras del Mercado (se sumergía por los tragaderos que mencioné antes), así que no había más remedio que lavar la ropa con jabón de cantero en los chorros y regatos inmediatos al mismo puente.

Una vez llegados al lugar y resuelto el encargo, había dos posibilidades: una era que te adjudicaran otro mandado, en cuyo caso te podías dar por perdido, y otra que te dejaran libre hasta el final de las tareas del restriegue, aclarado y tendido al sol para volver a echar una mano con los cestos de ropa limpia y seca en la suave bajada hacia el pueblo.

Este segundo caso, a todas luces mucho más ventajoso, contaba con un aliciente añadido de esos que te abrasa o te hielan casi en el mismo instante y del que luego, y eso sí que era un trago, habría que dar cuenta en el confesionario nada más y nada menos que ante el sumo sacerdote del pueblo (preguntad por sus nombres y características de los que nos tocó padecer en aquellos años y vuestra contestación tendréis)…si es que no querías vivir con el riesgo inminente, tangible, de ir derechito al infierno.

Un vivir condenado aun sin juicio y, además, sin un posible defensor que salga a tu encuentro.

Pero estaba la otra cara de la historia.

Con esa edad nosotros no comprendíamos ni por aproximación todo el valor y alcance de este negocio, pero viendo las caras de envidia y perplejidad de tus compañeros de panda o de los más mayores cuando te pedían que les contaras, llegando incluso a suplicar una descripción cuanto más amplia, minuciosa y lenta mejor, de lo que habías visto con tus propios ojos, acababas contagiado de ese fulgor recién instalado en sus rostros.

Sólo por eso ya valía la pena.

Tu asumías el papel de protagonista de una proeza, te convertías en un vencedor, en un descubridor de lo que para ellos, y ya también para nosotros, parecía ser un tesoro único e irrepetible.

Eras el dueño y señor de una hazaña y eso, ante los mayores daba para mucho: para que te trataran mejor, para eximirte de sus abusos (canteas, hurtos de pelota, de repión, de chapas, de cromos, de hinques…, de expulsarte del frontón por las buenas o por las malas… de obedecer sin rechistar sus mandados...) para encontrarte con otros tantos privilegios, y todo sólo por un relato.

Eso te resarcía del atraganto de la confesión, del terror y la zozobra de esa condena eterna, adjudicada automáticamente por el sólo hecho de haber entrado de pleno en una situación manifiesta de pecado mortal.

Y aquí no te valía como atenuante el decir que había sido sin querer.

Esta gran falta estaba clasificada, en el catálogo de pecados para niños de esa edad, como de los más mortales que podía haber entonces; así que esta calificación, añadida al no entender nada de nada sobre el castigo que se nos adjudicaba, nos da una idea del miedo proporcional que nos causaba el destino que tendríamos en las calderas de Pedro Botero sobre llamas perpetuas, que así era como se nos describía el premio.

Bueno, pues aun así, compensaba.

Ya lo creo que compensaba…

Y es que el gran pecado era éste: si andabas un poco fino y contabas con la suerte de tu parte, dos condiciones que se tenían que cumplir simultáneamente, puede que consiguieras ese preciado tesoro que consistía en la contemplación extática de unos pechos de mujer o de moza casadera.

Mujeres que restregaban y sacudían la ropa sobre la tabla de lavar inclinadas hacia la corriente del agua, te ofrecían sin querer una obra gráfica y natural cuyo contenido estaba reservado exclusivamente para los casados o para los bebés, pero no para nosotros, cuya edad de destete quedaba ya muy atrás. Unos pechos, tal vez los primeros de tu vida consciente, blancos, generosos, inquietos en un balanceo insistente de dentro hacia fuera, oscilando como si pretendieran salir de su cubil para mostrarse y saludarte… un escote abierto de sol a sol, dos soles emitiendo un resplandor que nos abrasaba y, al mismo tiempo, nos hacía tiritar.

Hasta un poco después no comprenderíamos en toda su extensión ese interés de los más mayores en que, en secreto, les describiéramos repetidamente, despacio y con detalle, nuestra visión.

Bajo los arcos de aquel puente todo sucedía acompañado de una armonía de fondo compuesta por los sonidos que emite la ropa al golpear el agua o las tablas de lavar o las piedras, pero sobre todo por las animadas conversaciones entre lavanderas, de los gritos y risas de quienes no han reparado, por el momento, en la mirada escondida del furtivo y avezado cazador de imágenes prohibidas.

Pocas veces se experimentan glorias tan intensas… .

Pero había más.

Si se daban también las dos condiciones anteriores, si habías conseguido esas imágenes, muy probablemente también consiguieras, en el mismo lote, lo cual era ya el súmmun, las de otras zonas ocultas de una anatomía femenina apreciada e igualmente prohibida: las nalgas al descubierto de estas mismas chicas, también en movimientos de arremetida de ida y vuelta contra los frentes y los topes de los banquillos.

Sin embargo, las descripciones de estas imágenes cotizaban menos que las anteriores en los corrillos de intercambio.

La visión de los muslos de nuestras mozas, arrodilladas sobre su banquillo de madera mientras se inclinan hacia la corriente jabonosa en la que sumergen sus telas….

Un delante y un detrás para llevarte a un solo y mismo infierno.

Al igual que cuando espiábamos a las parejas de novios en sus paseos amorosos, o a las chicas cuando se ponían el bañador tras las zarzas para bañarse en los bodones del soto, sabíamos que cometíamos un pecado gordísimo si bien debería pasar algún tiempo para que comprendiéramos los motivos de la prohibición de estas colecciones de imágenes, con la de juego que daban…

Pero claro, se necesitaba aplicar un arte, una maña para andar fino porque era imprescindible evitar a toda costa el embelesarse con la primera visión, no quedarse boquiabierto, alelado como cualquier tonto de baba que se deja notar a un kilómetro.

Porque no faltaba el lelo que lo echaba todo a perder –por eso mejor solo que mal acompañado en estos lances- por quedarse deslumbrado y sin reacción a la primera de cambio, como petrificado por una visión que, al mismo tiempo que te anticipaba el cielo te condenaba al infierno para siempre... o, en otro caso, también por querer abusar del tiempo de contemplación, lo cual te delataba de tal modo que se acababa el pastel de forma radical, fulgurante y además, las mozas lavanderas te sacaban los colores con sus comentarios a grito pelado mientras se daban codazos de aviso entre ellas "¡¡…habráse visto niños tan sinvergüenzas…!".

Para evitar esto había muchos trucos y recursos.

¡ Cómo no iba a haberlos!.

Uno de los que practicábamos era el de pasarnos al interior del monte, algo también muy prohibido, y con castigo si llegara el caso, y establecer el observatorio al final del ojo del puente pero desde la otra punta de la pila que sostiene a la bóveda.

Otro era subirnos a la verja oscilante y hacer como que jugábamos a columpiarnos como simples niños creando de la nada su propio parque infantil…

Por la proximidad de la celestial visión, este era el truco más provechoso, aunque al mismo tiempo y por el mismo motivo, más arriesgado porque enseguida las mujeres, madres o mozas, nos echaban de ahí a gritos, alegando que nos íbamos a partir las piernas con la verja, o que les revolvíamos el agua… sin sospechar hasta qué punto los únicos verdaderamente revueltos éramos nosotros mismos.

Había que andar muy fino, sí. Había que emplear las artes de la fugacidad, la levedad del ser, la sabia elección de un buen escondite… y sobre todo el silencio, no toser, no hablar, no pisar ramas ni hojas… en una palabra, hacerse invisible… eso era lo primordial.

Después venía la otra parte en la que los chicos más mayores o más espabilados nos hacían preguntas para que se lo explicáramos despacio y bien.

Y notábamos en las expresiones de nuestra audiencia una graduación instantánea del valor que daban a cada parte del relato según los nombres propios que en él aparecieran.

Por lo tanto, esto era comparable a las colecciones de cromos: los mejores siempre son más escasos o a la inversa y su cotización se dispara.

Lo mismo ocurría aquí con estos cromos formados con las sílabas que pronunciaban nuestros ojos.

Por eso me acuerdo de quienes alcanzaban las cotas de mayor valor. Y entre éstas, hubo un caso especial que superó todas las marcas, las superó y mantuvo durante bastante tiempo.

Fue precisamente la sobrina de un cura, pero no un cura cualquiera porque a éste le cupo el honor de haber alcanzado varios record en soltar yesca variada: capones, bofetadas, broncas y descaros a cualquiera que se encontrara en "su" camino.

Sin embargo su sobrina -a cuyos padres nunca vimos. -, de nombre luminoso y divino, por su hermosura estaba sobradamente a la altura de tan prodigioso nombre.

Por ser tan agraciada y tener tanto seguidor, se puede decir que marcó una época en este lugar.

Cualquier otra noticia o información sobre ella alcanzaba un valor considerable, aunque un valor de cambio muy perecedero, de ahí nuestra avidez por la captación estos tesoros tan fáciles de esconder.

Pasado el tiempo de recaderos subíamos el escalafón para asumir de forma obligada otros cometidos muy distintos, de más sudor y lágrimas y ya cada tiempo que venía hacía mejor al anterior hasta que pudimos romper este círculo vicioso a la edad de... no sé… , si es que acaso ¿lo hemos roto... ?.

 

Pana roja y marrón

 

Pero estos, con ser grandiosos episodios, no eran tampoco los únicos alicientes que nos procuraba El Rastrillo.

Contábamos con otro aliciente muy principal.

Si la llamada del pecado siempre ha sido poderosa, tampoco es manca la llamada de lo prohibido: en el caso que nos ocupa, el Real Bosque como territorio del Patrimonio Nacional, defendido y guardado día y noche por guardas escopeteros con demasiada facilidades para tirar de gatillo.

Este gran bosque donde cazaba ciervos y gamos un señor a veces innombrado al que muchos mayores tenían mucho respeto (¿respeto es la palabra…?), un territorio protegido por señores con escopeta y traje con gorra de pana roja y marrón que no dudarían en disparar (así nos lo advertían nuestros padres) a cualquier cosa que se moviera y que no fueran ciervos o gamos dentro del bosque.

Me acuerdo del guarda de la Puerta de Madrona Martín, y su mujer, Bea, siempre hermosa y sonriente.

Eran amigos de mis padres y buena gente, pero Martín gastaba muy malas pulgas; no se sabía bien dónde terminaba el traje de guarda y dónde empezaba la piel de Martín (un defecto muy extendido entre quienes visten uniformes).

De ojos vivaces, alardeaba de su papel de guarda y de lo bien engrasada que mantenía su escopeta, lo cual, como era de esperar, hacía más interesante el traspasar la valla del Real Bosque.

Internarnos furtivamente en el monte pasando a través de las verjas del puente El Rastrillo constituía en sí mismo una aventura con varios riesgos de enjundia: te podían descubrir los guardas, siempre de ronda por las veredas, incluso a deshoras y llegar a dispararte con sus escopetas; te podías perder en el bosque, al que ahora le falta la numerosa población de álamos negros, perdidos todos por la grafiosis; y finalmente, si te pasaba algo, siempre estabas en territorio prohibido, propiedad del innombrado que ganó una guerra….

El asunto no podía reunir mayor interés, así que, bien colándonos por la verja oscilante –lo más sencillo y discreto- o saltándonos por la enorme pared de piedra caliza, penetrábamos en este lugar lleno de sonidos de aves y mamíferos propios de cuentos de hadas y que estaban reservados a los reyes (y a los guardas). Pero, además de la contemplación, entrábamos a buscar cornamentas de ciervos y gamos, por si no fuera poco delito una cosa, sumábamos el robo, ya para ir a la cárcel directamente.

Normalmente seguíamos el curso del río Frío desde El Rastrillo haca arriba.

En su cauce se encontraban a menudo ciervos muertos que aun no habían sido descubiertos por los guardas y, por lo tanto, aun conservaban sus cornamentas.

Las incursiones no solían durar demasiado tiempo para no abusar de una cierta buena suerte que parecíamos tener. Luego, ya más mayores, averiguaríamos mejores sitios para entrar y disfrutar de este espacio maravilloso de olores a tomillos, sabinas y verdes nacidos de las mismas entrañas de las rocas.

Y es que es norma universal que no hay nada mejor que se prohiba algo para añadir más alicientes en el empeño de hacerse con ello.

Un día, después de varios años de Servicio en la Puerta de Madrona, Martín cambió de puerta y le sustituyó Bernabé y su familia numerosa, entre los que estaban sus hijos Gaspar (al que apodamos Gamo), que era el mayor, y su hermana, la guapa Florencia, que también tuvo su buena cotización.

Les seguían otros tres o cuatro hermanos a los que se les adjudicó el mote genérico de "Gamines".

Bernabé, bonachón y tranquilo, nunca tuvo ningún altercado con nadie del pueblo, no infundía ningún miedo y las cosas fueron mucho mejor.

Fue el último guarda que habitó la casa de la Puerta de Madrona.

Con su marcha se condenó esta entrada y también un derecho de los habitantes de este pueblo, un derecho de paso al monte de Riofrío que nació con la misma valla del bosque.

En los barrotes de hierro macizo de sus puertas todavía cuelgan dos letreros de madera pintados de blanco con letras negras que advierten:

 

PROHIBIDO TERMINANTEMENTE SALIR DE LA CARRETERA, BAJO MULTA DE 25 PESETAS

 

Y a su derecha este otro, que para mí siempre ha sido y será el cartel más bonito del mundo:

`ABIERTO de SOL a SOL´

 

Fernando Ayuso Cañas. Otoño 2003

 

...árboles para la vida....