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Rutas Sentimentales IV
El Hocino
Comprende este abrupto paraje una amplia zona que pertenece a dos términos municipales: Hontoria y Madrona.
(en realidad el topónimo sólo abarca territorio de Madrona, pero aquí lo tenemos asimilado también para el de Hontoria, en lo que es una ampliación mental de nuestra forma de percibir este entorno)
Abarca desde el muro del Real Bosque hasta las proximidades de la N-110.
Gran parte de su superficie, la más alta y lindera al bosque, es cultivable.
También nos encontramos tramos de monte bajo, tomillero.
En las zonas elevadas se puede disfrutar de sus vistas panorámicas y de la atmósfera perfumada de olores a resinas de enebros, sabinas y tomillos.
La zona más conocida de este paraje es el valle que serpentea el arroyo Matamujeres y en el que se construyó la antigua carretera nacional 110, Soria-Plasencia.
Se dice que este tramo de carretera es "como una soga metida en una alforja".
En este valle luchan por su supervivencia algunos grupos de fresnos acosados por los incendios que, casi con frecuencia anual, destruyen a muchos.
También nos encontramos los restos de dos hornos de producción de cal, cuya actividad hace años que cesó.
Están construidos en forma circular con piedra caliza fuerte y semienterrados. Para abastecer estos hornos de materia prima se recurría a los abundantes bancos de piedra caliza que colma los alrededores.
Me contó el Sr. Aurelio de la Puente, que fue el último trabajador de estos hornos, que este paraje fue en otro tiempo no lejano -a principios de siglo, tal vez- todo él monte de robles y encinas.
A él se lo contó el tío Maruso, que conoció este bosque.
Pero ahora, nuevamente, la orientación espacial de las paredes y laderas que acotan el valle, determina su flora y su fauna.
Las que dan al mediodía o a poniente muestran una masa rocosa erosionada que sólo permite una vegetación de tomillos y alguna sabina valiente...
En algunas de estas laderas se han plantado bellotas de encina y de roble en 1999, por lo que aun están en su primera fase de un crecimiento lentísimo, cósmico, en relación con lo que tardan en desaparecer por un incendio.
Las laderas orientadas a Norte o Noroeste se están autorepoblando, también de forma muy lenta, de robles, sabinas y chaparros.
A esta labor contribuyen en gran medida los grajos, con su costumbre de enterrar bellotas.
Las esconden para tener despensa pero no siempre saben encontrarlas, con lo cual muchas de éstas germinan y crecen.
En la fauna de estos parajes abundan las aves depredadoras, zorros, conejos, grajos, reptiles y muchas clases de pájaros.
Una de las primeras historias que oí de El Hocino fue la de que muchas noches, cuando la guerra del 36, fusilaban aquí a grupos de prisioneros republicanos cuyos cadáveres aparecían abandonados en las cunetas a la mañana siguiente.
El recuerdo de estos relatos, su escenificación imaginaria, se cosían a mi pensamiento cuando, a los trece años, volvía de estudiar con mi bici y su pequeño faro de dinamo, con la noche ya bien entrada.
Pasar por El Hocino en invierno a través de tantos juegos de sombras y oscuridades que mi faro alimentaba y movía, era morirse de miedo.
Intentaba sosegarme porque en realidad las sombras eran de rocas altas y cardos crecidos que aun se mantenían en pie, pero también había otras que no sabía identificar y que nunca me paré comprobar su pertenencia.
Se trataba de un miedo que, lejos de bloquearte, te activaba las piernas en un frenético pedalear con el fin de abandonar cuanto antes esa soga y esa alforja.
Era una huida diaria a la que nunca me pude acostumbrar durante los dos años que yo solo, con mi bici y su faro, tuve que pasar por El Hocino.
En compañía, como sucedió después, todos sabemos que el tema miedo cambia completamente porque, si bien no desaparece, se disimula.
Hoy paso por aquí y disfruto de los encantos que me procura este paraje que cada año mejora en repoblación y belleza.
Se puede ampliar esta crónica con más texto e imágenes, en el apartado Parajes del Término de Madrona.
Fernando
Ayuso Cañas. Otoño 2003