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Rutas Sentimentales III

El Simarrón

 

 

Simarrón es una palabra que sólo existe en el modo de hablar en Madrona.

Sí tenemos el topónimo Cimarrón.

Además, lo usamos para designar una zona que consta en todas partes (cartografía oficial, Catastro...) como Peña Horadada y Las Tablillas.

Aún así, he querido titular esta crónica con esta palabra incorrecta, porque crecimos oyéndola y pronunciándola.

No hay buena norma sin su excepción.

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El Simarrón es un lugar que siempre nos ha dado mucho juego.

De conversaciones, de excursiones y de fantasías.

Cuando subíamos por el Cordel de las Tabladillas, cumplíamos con el ritual consistente en que, a mitad de la Lastra cogiéramos piedras, cuanto más grandes mejor, y las lanzáramos contra las lajas que asomaban en el camino para oír el sonido a hueco, el retumbar, el eco.

Presentíamos la bóveda y su oquedad bajo nuestros pies.

Era como sentarse sobre la clave de un arco catedralicio.

Satisfecho el el oficio, continuábamos lastra arriba, hacia el Saltadero de Lobos, lugar que cruza este camino.

El Simarrón es uno de los parajes más atractivos, espectaculares y disfrutables que tiene nuestro término.

Su superficie, que es lindera del Bosque de Riofrío, abarca también los términos de Navas de Riofrío y La Losa.

Tiene zonas de monte, de soto, de pradera, de roquedal, de vega...cada una con la vegetación que le es propia pero abunda sobre todo la sabina, el roble y el fresno.

La zona más interesante es la formada por la garganta del Arroyo de la Cueva; no llega a ser un desfiladero porque es un paso más amplio y despejado.

También tiene una pequeña vega, siempre fresca, donde crecen pastos, fresnos y zarzas.

Por aquí transitaron, cuando los hubo, manadas de lobos que tenían en esta geografía su refugio.

Ahora se multiplican los conejos, erizos y  reptiles, sin enemigos naturales de los que huir.

Los zorros, abundantes hasta hace unos años, también están desapareciendo por la acción del animal racional: envenenados por ingestión de bolas de falso alimento, o atrapados en  cepos que les procuran una muerte lenta y dolorosa, o sencillamente por disparos de escopeta.

Demasiados enemigos para subsistir, por muy zorro que se sea.

En la pared norte medra un monte bien nutrido de sabinas, robles y encinas que prosperan aprovechándose de su orientación y contemplan con serenidad inmemorial la incesante vida que brota del espacio que tiene enfrente.

La pared que da al mediodía es toda ella una roca continua en la que el paso del tiempo ha labrado formas caprichosas de geometrías impensables.

En sus huecos anidan las aves depredadoras comunes a los roquedales: águilas, halcones, alcotanes, milanos...y también grajos y otras avecillas de menor enjundia.

En esta pared se encuentran las bocas de dos cuevas aun inexploradas.

Nadie se ha adentrado en ellas porque ellas tampoco facilitan la misión: a una boca abovedada, alta y amplia, le siguen unos estrechamientos con unas retorceduras que disuaden al mejor y más voluntarioso explorador.

Todos intuimos y sabemos, por un acto de fe, que tras esas paredes existen enormes huecos, galerías y estancias bajo una bóveda de caliza de la que cuelgan estalactitas formando figuras sedimentarias que disparan la imaginación.

Presentimos cursos de agua deslizándose entre columnas y arquerías, levantadas por gotas de agua partícula a partícula en una labor inmemorial.

Presentimos remansos de agua y lagunas cristalinas de silencio solidificado.

También nos gustaría que la enorme masa de roca se abriera y nos dejara libre el paso para descubrir su secreto milenario.

Mientras esto llega, que parece que tarda, seguiremos llamando arrojándole a su tripa piedras-aldabón para sentir su eco de oquedad inmensa.

El Simarrón es ese lugar con el que todos hemos soñado como mejor escondite; como destino de una huida, como perfecta ubicación para el eremita e incluso para el monástico si monasterio hubiere.

Allí la naturaleza es generosa en refugio y alimento: recuerda al paraje del Duratón donde san Frutos se instaló para llevar su distinta vida.

Pero este lugar, cuya fisonomía nos invita a habitarlo, debe contar con argumentos muy serios y contundentes en contra de esa idea, a tenor de los resultados: allí no para nadie más de dos noches seguidas.

Gracias a estos argumentos, que presiento pero cuyo detalle no me interesa, el Simarrón se mantiene incólume y primigenio.

Quienes lo amamos deseamos que así, tal y como nos fue dado, continúe por los siglos de los siglos, insondable en su misterio.

 

 

Fernando Ayuso Cañas. Otoño 2003

...árboles para la vida....