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Rutas Sentimentales II
Peñasgordas
Peñasgordas llamamos a un paraje agreste que te encuentras a medio kilómetro del pueblo en dirección a Segovia.
Está formado por una zona de lastra que se labra como tierra de cereales y por un promontorio rocoso.
Desde ambos lugares se domina visualmente un amplio horizonte en derredor y, sobre todo, las dos carreteras que llevan o alejan de la ciudad.
También se domina el desfiladero que ha formado, con la paciencia de los astros, el humilde arroyo de Matamujeres a su paso discontinuo por este lugar.
En la contienda fraticida desatada en 1936, Madrona conoció la actividad, la tensión y el desgarro propios de una plaza importante en la retaguardia, en este caso del ejército sublevado.
Oigo hablar de aquellos años y es como una destilación de dolor.
Algunas de las muchas casas requisadas por los mandos militares hacían las veces de cárceles destinadas a la reclusión de prisioneros republicanos.
Con el alba los vecinos podían presenciar en sus calles el paso de formaciones de prisioneros a los que obligaban a cantar los himnos de sus captores, mientras les conducían a Peñasgordas.
En este lugar tan estratégico y tan hostil construyeron bajo los cañones de sus vigilantes una ciudadela de control y ataque -defensiva, dirán otros, en este tema ya se sabe...- integrada por trincheras, búnkers, puestos acorazados de ametralladoras y otras construcciones de guerra.
Todo se hizo picando la roca, arrancándola a base de fuerza, la misma fuerza de la colosal piedra.
Los prisioneros construían las trincheras desde las que se dispararía a sus propios compañeros.
A veces subo allí y el olor prehistórico de los tomillos que medran entre las yendas de la roca no atenúan un estremecimiento; un ahogo inseparable de la recreación imaginaria de tantos testimonios, de los relatos de quienes les tocó vivir aquella locura.
Son sólo unas huellas petrificadas e incontestables de aquellos años de ignominia y maldad.
Un milésimo detalle del infierno.
Fernando
Ayuso Cañas. Otoño 2003