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Rutas Sentimentales I

La Sima

 

El primer pretil que se encuentra por la carretera en dirección a La Losa no pertenece a ningún puente, sino a La Sima. Hay otra sima en El Sotillo, pero esta es la única que escribimos con mayúsculas.

Con este lugar mantenemos una relación continua basada sobre todo en lo que de él obtenemos, como suele ocurrir, pero también de cariño porque es referencia irrenunciable de nuestro paisaje.

Bajo a beber de su agua y, desde la sombra de un fresno que se inclina hacia el centro, contemplo toda la oquedad colmada por un agua transparente.

Pero es un hueco lleno de vida y agitación: el agua lo comparten ratas enormes y negras (ratas de agua), que van o vienen a sus madrigueras sin preocuparse de otra cosa que no sea su trajín.

Andan a sus brincos las ranas entre los juncos y las juncias y cientos de insectos sobrevuelan la zona en pos, tal vez, de otros cientos de animalejos acuáticos de nombres imposibles.

A su vez, varios pájaros se incorporan a la cadena alimenticia con un éxito variable.

El agua mientras tanto fluye impasible, pura y transparente a igual temperatura durante todo el año, por eso la percibimos como fresca en verano y templada en invierno.

La oquedad tiene forma de cazuela horadada en la roca caliza.

En su pared más alta, sobre la que se levanta el pretil, se abre en su base un cueva cuya entrada permanece tapada con un muro de piedras con el único fin de impedir el paso a su interior .

El agua sale traspasando esa pared de piedra blanca, pero no se trata de un manantial, sino de un agua viajera, que tal vez proceda de las alturas de la sierra de Guadarrama sin mostrarse a nadie, por un itinerario oculto que nadie ha descifrado.

Y hay quien enlaza su misterio con el de la Mujer Muerta y con otras leyendas de caballeros y musas.

El agua emerge de la oscuridad y, deslumbrada, en el remanso de la Sima, se amansa y reposa para recibir un bautizo de sol y de luz.

Una vez cumplido ese ritual,  vuelve a viajar oculta de nuevo, sumergida en otro conducto subterráneo, si bien esta vez más corto y más somero.

Se dirige a alimentar berros y a oxigenar cangrejos que tampoco conocerán nunca su secreto.

Bebes de este agua cristalina y sólo sabe a agua pura, sabe a sed y a ansia.

Por eso sabemos que es un agua poderosa, porque no permite que se le añada ningún sabor de los territorios y rocas que atraviesa.

Cuando, con el permiso de las ratas, bebes con tus manos de este agua tan pura, tu imaginación se escapa a esa cueva casi al alcance de tu mano y presiente larguísimos viajes cruzando cavernas, bóvedas cruzadas por rayos de sol, catedrales pétreas, milenarias, desconocidas, incólumes en un silencio total de galerías, lagos y laberintos que nadie ha visto pero que todos conocemos y presagiamos.

Crees que bebiendo te será dado el privilegio de alcanzar alguno de los secretos que ese agua conoce, por eso bebes y bebes hasta la saciedad.

Pero  te vas de allí con otra sed aumentada, hasta el próximo día que  vuelvas a bajar para beber, que es lo mismo que preguntar, pero ni aun teniendo el agua en tus entrañas se te otorgará esa dádiva.

Puedes beber cuanto quieras de estos ojos líquidos pero nunca podrás beber lo que han visto.

El modesto caudal se dirige al río pero antes, en el soto, acompaña a otras aguas que, a su vez, vienen por otro cauce llamado Arroyo de la Cueva.

Nunca sabremos lo que se cuentan entre ellas, lo que le cuentan al río.

 

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Fernando Ayuso Cañas. Otoño 2003

 

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