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| Hornacina |
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- 8 - D. Andrés Barba Sanz y D. Mariano de las Heras |
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Madrona, por su situación de proximidad al frente de la guerra civil, se vio muy afectado por el desarrollo de esta atávica contienda.
Los más ancianos recuerdan a éstos, encadenados, dirigiéndose a cavar trincheras a Peñasgordas, mientras les forzaban a cantar himnos del bando que les tenía presos. A muchas familias de labradores les obligaron no sólo a entregar partes de sus casas y edificios, sino a otros trabajos como el de echar portes con sus carros y yuntas para abastecer a las tropas de un frente que se extendía por toda la falda de la cordillera central.
Esto es lo que cuentan, poniéndolo muy suave, quienes lo vieron y soportaron. Y es que una guerra como la ocurrida aquí de 1936 a 1939, en la que se activó un veneno y un odio de unos contra sus vecinos, incluso hermanos, con el único fin de su destrucción total... se necesitan muchas palabras para describir esto y muchas más para intentar entenderlo.
Don Andrés Barba Sanz era el cura párroco de Madrona en ese año de 1936. Cuentan de su gran habilidad como carpintero, una afición que cultivaba en la misma casa parroquial. Era ahí, trabajando la madera, la única ocasión en la que se desprendía de su sotana, pero se sentía incómodo si alguien le veía sin ella y hacía todo lo posible para que esto no ocurriera. Como chascarrillo conocido por el común de los vecinos, cuentan que tenía a su servicio a una buena chica llamada Paulina, hermana de Valentín, de Valverde, y a ésta la pretendió Arcadio, pero a don Andrés no le pareció apropiado este “proyecto” y no consintió la relación. Paulina siguió soltera durante toda su vida. D. Andrés, con fama acreditada de buena persona y buen cura, murió en Madrona en el año 1945. En una fecha próxima a su muerte Beatriz García y Frutos de la Calle tuvieron el segundo de sus hijos y Frutos dijo: le vamos a llamar Andrés, a ver si nos sale igual de bueno que este cura... Y ahí tenemos a nuestro contemporáneo Andrés, tan buena gente como su homónimo y también sacerdote de vocación y profesión. D. Andrés Barba Sanz tiene su sepultura en el cementerio de Madrona, donde consta que falleció el 24 de diciembre de 1948.
Madrona también tuvo su día de ignominia: fue aquel en el que un grupo de falangistas llegó para apresar a los componentes de la Casa del Pueblo con el fin de fusilarlos al anochecer en cualquier cuneta. Un suceso muy repetido. Las gentes de este pueblo vivían en paz y no se conocen ningún tipo de de incidentes, ni siquiera discordias entre sus vecinos por cuestiones de ideologías o creencias, porque anteponían su buen hacer al cainismo. Aquí no había bandos, si bien es cierto que, como en todos los pueblos, había una Casa del Pueblo, legítima y legal antes de la guerra, pero sin actividad alguna que fuera contra alguien o algo y mucho menos agitación de ningún tipo. Sin embargo, cualquiera que perteneciera a una de estos centros, por el solo hecho de su pertenencia, ya constituía motivo suficiente para ser fusilado sin defensa ni juicio. Los señores de la guerra las gastan así.
Tuvo cuatro hijos: Efigenio, Primitivo, Pilar y Elo); Mariano Quintín (casado con Paula, hermana de Plácido González), Mariano Antona (El Tío Marianón) y Juan García. Seguramente fueran más, pero no tengo noticia de ellos.
En el mismo momento de su apresamiento intercedieron por ellos ante los mandos de estos enviados de la muerte y les pudieron convencer de que estas personas eran buenos ciudadanos, no tenían cuentas pendientes con nadie; buenos católicos y buenos padres de familia. Hombres que vivían del trabajo de sus manos. No existía una sola queja, ni un solo cargo contra ninguno de ellos ni en el pueblo ni fuera de él. Entre los dos impidieron que los fusilaran. A pesar de otras intervenciones ante las autoridades, no pudieron evitar que les llevaran presos y se pasaran toda la guerra encarcelados. Por supuesto que sin juicio ni sentencia. Al final de la contienda les liberaron sin más cargos, pero Mariano Quintín, suegro de Jatalera, al poco tiempo de su liberación murió de repente, como fulminado, sin conocérsele antecedentes de ninguna enfermedad; por eso en el pueblo se dio por sentado que la única causa que acabó con su vida fue la de que jamás pudo superar el susto que se llevó aquella tarde en la que le apresaron para fusilarlo y que le duró tres años de incertidumbre y atropellos entre rejas. El saber popular daba por hecho que lo habían matado de una de las muchas maneras que hay de matar a un hombre. El asesinato por otros medios.
Sí se dieron paradojas en forma de atrocidad: Primitivo García Miguelsanz, hijo del Mariano García García (nombrado como el Tío Perrochico), murió en el frente de la guerra, luchando contra los republicanos. Pero no fue el único. Bonifacio de las Heras, hijo de nuestro alcalde aquí rememorado y homenajeado, fue otro de los que murieron; igual término tuvieron Primitivo Ituero, hijo de Gervasio, Juan Maganto, hijo de Honorio Maganto y Antonia Maderuelo; y López Martín; entre otros que aún desconozco.
Y una lección magistral que se obtiene, que es regla de oro: la vida es un valor supremo, o sagrado, y está por encima de las ideologías, creencias, opiniones, culturas y religiones; y la civilización también, y la humanidad también, y la bondad también, y todos los valores que nos hacen progresar hacia el entendimiento y la concordia también. Así se lo reconocemos a estos dos convecinos, dos personas que deben figurar en nuestra historia como dos héroes, o dos santos, de una realidad lejana en cuanto a fechas, pero sempiterna en cuanto a sus enseñanzas. |
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Sepultura de D. Andrés Barba en el cementerio de Madrona Inscripción: Andrés Barba Sanz Párroco de Madrona 4 -- 12 -- 1945 |
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Fernando Ayuso Cañas. Noviembre 2011 |
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