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Anecdotario XXVIII
Las maderas de Isabel de Farnesio
Hacia el año 1980 Patrimonio Nacional construye nuevas casas destinadas a viviendas para los guardas del Bosque de Riofrío, en las puertas de Madrona, Hontoria, a la carretera SG-V-7140; de Castellanos (carretera a La Granja - San Ildefonso); y de Madrid (que da a la carretera SG-V-7210, para enlazar con la Nacional 603 a Madrid).
Existe otra puerta, la de La Losa, abierta al monte en las proximidades de El Cimarrón, pero en ella no se construyó casa nueva.
Patrimonio las construye de nueva planta en un solar nuevo y derriba las viejas, que eran las originales del S. XVIII.
Sus gestores están interesados en que alguien separe las maderas para retirar los escombros y limpiar el solar resultante.
A mi padre le llega esta información tal vez por el bar o por amistad con algún guarda; el caso es que acude como interesado a las oficinas de La Granja y, debido a que es el único aspirante y se agotan los plazos, en ese mismo acto se lo adjudican a un precio insignificante, un mínimo para justificar el expediente, aunque para la tramitación y el procedimiento legal le obligaron a gastar más en pólizas y citaciones.

Puerta de Madrona.
Echo en falta el, para mí, cartel más bonito del mundo: Abierto de Sol a Sol, inscrito en su día sobre una tabla, colocada en la verja.
Tratos de Pobres
Este fue uno de los tratos de pobres más fructíferos, si no el que más, de cuántos hizo mi padre, que no fueron pocos.
Lo clasifico como trato de pobre por su contenido: maderas de deshecho; si bien la envoltura del negocio, al ser un procedimiento oficial de Patrimonio Nacional, se tramitó con la solemnidad inherente a la condición del sujeto principal: pólizas, firmas, copias, declaraciones, certificados…
Pero si se calculara porcentualmente coste-beneficio, la cifra resultante en estos términos se dispararía hacia cotas astronómicas, porque la mayor inversión que realizó fue la de su tiempo de trabajo, si bien en una modalidad muy recurrente en los pueblos, que se llama a ratos perdidos, una ocupación cuya valoración está baja, como su propio nombre apunta.
A
veces pienso si esta carambola fue obra del destino, para compensar,
aún a tiempo, los impuestos revolucionarios del guarda Acisclo.
Los tratos de pobres tienen características propias.
Su propio cuerpo doctrinal.
En ellos predominan los aspectos de prestaciones personales más que los pecuniarios; los trueques más que el dinero de curso legal; suelen acordarse por un alto, lo que en fino nombramos como a tanto alzado. En consecuencia, no se pesa, no se mide, no se cuenta… se observa al sujeto que se va a trasvasar y se estima su valor y/o precio de acuerdo con las apreciaciones de cada parte.
Si hubiera pagos, se realizan en el mismo instante del intercambio y en dinero contante y sonante de curso legal.
Exclusivamente.
Esto es algo que han copiado las multinacionales y grandes empresas.
No sólo lo han copiado sino que lo han llevado más allá: ellas cobran por adelantado todo lo que pueden.
Los tratos de pobres no se pueden deshacer, no existen periodos de prueba, ni de garantía, ni devoluciones de mercancías.
Son
definitivos y firmes desde el momento del intercambio. Si el burro te sale malo
o es más viejo de lo que parecía… tu verás cómo
te apañas.
Mi padre hizo muchos tratos de pobres: le gustaban los trueques y compraba, siempre que podía, en la modalidad de por un alto cualquier cosa: cerdos, melones y sandías, matas de chaparros para cortar y vender después la leña y el cisco y otras muchas.
Era muy proclive a esta modalidad, que ahorraba pesajes, mediciones y conteos.
Incluso en el bar, los días festivos, al terminar la mañana, para liquidar los aperitivos trataba con algunos parroquianos, sobre todo con Pedro de la Puente Sanz (Perico) la liquidación de todos los, en principio, calificados como aperitivos o pinchos sobrantes... por un alto.
Las juergas que se han pasado mientras negociaban son inenarrables.
Pero, según en qué trato, no todos aceptaban esta modalidad.
Por ejemplo, cuando vendía leña y cisco a un carbonero de Segovia, siempre hubo que pesar la mercancía, y después a tanto el kilo.
Por influencia paterna, yo a veces les digo a las cajeras de los súper si aceptan el pago por un alto.
Por
la mirada láser que me dirigen adivino su pensamiento: ¿de
dónde se habrá escapado éste…?
Volvemos a palacio.
A esta cantidad sobrevenida de distintas maderas y hierros él los apostrofaba de la Farnesio: puertas, tablas o clavos de la Farnesio… y bajó hasta Madrona varios camiones cargados con ese material de las viviendas dieciochescas. Una vez en su nave, las deconstruía.
Separaba
lo que valía de cada especialidad: clavos, cerraduras, pernios, cabrios,
tirantes, tablas, vigas… y todo lo seleccionado lo ordenaba para tenerlo a la
vista y disponible.
Las maderas no reutilizables, las convertía en leña para la lumbre o la estufa.
Asimismo los objetos de hierro sin valor los destinaba a la chatarra.

Nueva casa para el guarda de la Puerta de Madrona.
Nunca fue ocupada por ningún guarda porque eliminaron este servicio de esta puerta.
La casa original del guarda estaba a la izquierda del camino, en el solar que ahora se ve en blanco.
Sí se mantiene el derecho de paso, de sol a sol, de los madronenses.
Las puertas del gitano
Uno de aquellos ratos perdidos, en una mañana con buen tiempo, estaba mi padre en el ensanche de la calle Norte, entretenido en deshacer a base de maza las puertas de aquellas viviendas, con el fin de reducirlas a simple leña.
Después de comprobar la escasa demanda que tenían este tipo de puertas decidió quitar estorbos de esa forma tan definitiva.
Y con su maza estaba cuando pasa
por allí un gitano con su furgoneta; se para al lado, se baja a toda
pastilla y con ademanes y gestos variados, le suelta:
—¿Pero
qué hace usted con esas puertas hombre por dios...?
—Pues
ya lo ves: leña para la estufa —le
responde mi padre.
—Pero
no las rompa hombre, que yo se las compro.
—Ya
sólo me quedan estas dos sin tocar... ¿y cuánto me das
por ellas?
—Pues
cuatrocientas pesetas le doy ahora mismo, hombre.
—Venga
el dinero y tuyas son.
El gitano aflojó la
pasta y se fue con sus dos puertas de cuarterones, del S. XVIII, cuya primera
propietaria fue nada menos que Isabel de Farnesio.
Las tablas de Frutos
Mi padre vendió varios lotes de maderas aprovechables a vecinos de Madrona, para sus reformas, remates y apaños agrarios.
Las casas tenían muy buena
madera y bien conservada.
Un día, estando en su nave en la calle Norte, con alguna faena, pasa Frutos de Calle de Castro, primo carnal de mi padre y con una consolidada relación de aprecio y amistad entre las dos familias.
Entra en la nave y, después
de los saludos, enseguida le llama la atención una pila de tablas bien
colocadas y de buen grosor, sanas y limpias.
—Coño
qué tablas más buenas tienes en esa pila. Pues me vendrían
bien. Te las compro.
—Pues
te las vendo.
—¿Cuánto
quieres?
—Mil
pesetas.
—Buhhhhh… pero hombre, pero hombre… qué dices… mil pesetas…. De ninguna manera hombre. De ninguna manera. Cero. No hay trato.
Cero era una palabra empleada
por Frutos para ratificar de forma contundente e inapelable, el vacío
de, o el no a, algo.
—Como
quieras -le respondió mi padre tranquilamente.
Frutos se marchó al
cabo de un rato y a mi padre, a resultas de lo que sucedió después,
no le debió gustar la reacción de Frutos, por cuanto el precio
que le puso fue un precio de primo carnal, de amigo y de vecino de calle.
Pasados unos días se repite la escena, pero con alguna variante.
Entra Frutos en la nave en la
que anda mi padre con sus trasiegos y le dice:
—Oye
Lauro, que me interesan las tablas del otro día.
—Pues
aquí siguen. Dos mil pesetas te cuestan.
Frutos, que lo ha entendido
perfectamente, sin alegato ninguno, responde:
—Voy
a por el dinero y ahora mismo me las llevo.
A la media hora las tablas
estaban en casa de Frutos y las dos mil pesetas en el bolsillo de mi padre.
Sin más palabras y con la amistad intacta.
* * *
Fernando Ayuso Cañas. Noviembre 2020