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Anecdotario I
La Tía Bernarda
Por si fuera necesario aclararlo, en la forma de aludir a una gran parte de personas maduras y mayores, de ambos sexos, y en un pasado puede que lejano, se recurría a los afijos La Tía o El Tío.
Formaba parte de la cotidianidad el dirigirse directamente a ellos llamándolos tío (Anselmo, Frutos...) o tía (Antonia, Paca..), aunque los interlocutores no compartieran ese parentesco.
Después se impuso el tratamiento de señor o señora antes del nombre propio.
En esta serie, reproduzco los relatos tal cual me fueron transmitidos: sin ninguna connotación peyorativa en cuanto al uso coloquial que aquí se transcribe.
Otra cosa es cómo lo han pervertido algunos detestables cómicos a la hora de hacer chanzas televisivas.
Son muy pocos los datos biográficos disponibles que se pueden ofrecer de esta mujer porque pertenece a la primera mitad del S.XX y, a la vista, no aparece ningún rastro suyo, salvo los testimonios verbales de quienes la conocieron (muy pocos, ya).
Igual sucede con la hija que tuvo, llamada Guadalupe o, en terminología coloquial, Upe. Pero esos testimonios de quiénes la conocieron nos hablan de que llegó a convertirse en un personaje en Madrona, debido tanto a sus características físicas como a las de su temperamento.
Fue una mujer corpulenta, enérgica, desenvuelta y trabajadora.
Todos los vecinos guardaban hacia ella cierta prevención, más que nada para ponerse a salvo de su conocido carácter autoritario, (este calificativo es un eufemismo de la auténtica expresión utilizada a pie de calle...), de las formas ásperas y desabridas que adoptaba en sus relaciones con los convecinos.
Por eso éstos, si no podían evitarla, debían mostrarse sagaces porque, además, la acompañaba un cuerpo de gran complexión.
«Mucho ojito, que gasta una leche de escobas», decimos aquí.
Sin
embargo, por la misma razón, y porque el destino las juega así
«donde las dan las toman y callar es bueno», a menudo se
convertía en destinataria de bromas y chanzas que operaban como contrapeso
social a tan excesiva dureza de trato.
La
camisa en la cornisa
Incluso hasta después de la llegada de las lavadoras mecánicas, existíó una tradición entre las amas de casa del pueblo que consistía en utilizar los prados de las eras y caminos para tender la ropa.
Por ejemplo, muchas de ellas utilizaban el Prado de la Mancha para extender la colada sobre su hierba, al sol.
Era una costumbre muy respetada que aportaba beneficios a los hogares. La Tía Bernarda, que vivía en la Calle de Segovia, era de las que practicaba este uso.
Pero un día, tal vez por alguna apuesta o desafío, los jóvenes
componentes de la panda de Pedro Tejedor (hijo del Tío Deogracias y casado
con Sofía García Sansegundo), de profesión vaquero y de
natural atrevido y alegre, acordaron robarla una de sus camisetas tendidas en
La Mancha, que debía de ser bien blanca y grande, y que fuera Pedro,
por su acreditada buena caligrafía, quien escribiera en ella con letras
negras, grandes y finas, un letrero que dijera ¡Viva la Tía
Bernarda!, con el fin de colgarla después bien visible bajo el alero
del edificio del Concejo, en la fachada que da a la Plaza de la Constitución.
Y así lo hicieron sin mayor contratiempo.
Conseguida la camiseta, Pedro Tejedor, pintó unas letras bien visibles y refinadas, con la leyenda acordada, y sujetaron la camiseta al modo que usan los quintos para colgar sus tablas bajo la cornisa municipal con inscripciones relativas a su reemplazo.
La
camiseta se mantuvo por mucho tiempo expuesta y bien legible, mirando hacia
la plaza, hasta que se cayó de vieja porque nadie hizo nada por quitarla
y a nadie le interesó privar al pueblo de un motivo permanente de chanza,
a costa de esta recordada señora.
* * *
Argentina
para el Tío Zurdo
La Tía Bernarda estaba casada con el que en Madrona llamaban El Tío Zurdo, del que tampoco existen muchos datos. Incluso cuando pregunté por su nombre de pila, ninguno lo supo, y todos me respondieron que en Madrona no se dirigían a él de otra manera.
El
caso es que éste, y aquí cada lector que suponga los motivos con
los que mejor se acierte, decidió que abandonaba la familia, porque se
marchaba de Madrona; bueno, también dejaba la provincia, también
la región, dejaba el mismo país, dejaba incluso el continente...
y hasta de hemisferio tenía decidido cambiar...; pero no por recalar
en otro más o menos cercano, sino a uno muy remoto, en concreto a Argentina.
Y, por supuesto, decidió que se iba él solo.
Y
hacia allí partió y allí desembarcó.
Llegó a Argentina y pasó un largo periodo sin que llegaran a Madrona
noticias sobre su paradero.
Pero llegó un día en el que se supo, por La Tía Bernarda, que al Tío Zurdo no le fue bien o no encontró lo que iba buscando, o vete a saber qué le pasó... pero el caso es que decidió regresar.
Sin embargo, encontró un primer inconveniente muy fuerte como es el de no disponer de dinero suficiente para pagarse el pasaje de vuelta.
Por lo visto, no tenía en aquel nuevo hemisferio de quién echar mano para que le ayudara a superar esta pequeña contrariedad, por lo que se dirigió a sus orígenes.
Escribió una carta a su consorte, que seguía en Madrona, poniéndola al corriente de su situación y suplicándola, con toda la corrección posible, que se dignara a enviarle dinero para el pasaje de vuelta, a lo que la Tía Bernarda, también por carta, pero tan expeditiva y tranquila como de costumbre, le respondió con letra bien legible:
— Verdes las han segado, haberlo pensado antes.
Se tiene la seguridad de que no le ayudó para que regresara, pero no
tenemos go ninguna certeza de si El Tío Zurdo consiguió
volver o andará todavía vagando por las inmensidades argentinas
acordándose de su Bernarda.
*
* *
Fernando Ayuso Cañas. diciembre 2018